sábado, 31 de enero de 2009

La enfermedad

¡KRACKBRAM! Una fuerte sacudida nos ha arrojado a Laika y a mí al suelo, y esparcido todos los libros por la habitación. Nikita ni se ha inmutado y sigue roncando a pata tendida dentro de un calcetín. Corremos al módulo 3 por el pasillo que enlaza nuestro compartimento con el resto de la estación. Todo se ha venido abajo: estantes, lámparas, cuadros; y el gramófono gime destripado en el suelo: "I'm the cleaning lady of the broken hearts...".
"Ven" me indica Laika con el lomo arqueado y la cola herizada como un plumero. Y al asomarme por la enorme vitrina de plexigas me entra un vértigo indescriptible. ¡La Tierra tan cerca!
La realidad se revela de golpe, sin avisar, como un puñetazo en la barriga. Hemos debido caer por lo menos un par de kilómetros; puedo distinguir un transatlántico surcando el océano bajo nuestros pies. Debe ser el de Novecento, sí, ahí están las tres imponentes chimeneas; ojalá nos llegase el sonido de su piano. La estación por otro lado ha acelerado su velocidad de rotación. Recobrado el soplo lo primero es comprobar los destrozos, y lo segundo repartir las culpas:
- Es la dichosa manzana de Newton. No, es Newton. Tampoco; son los rusos, ¿Cómo nos dejamos convencer para venir aquí? No importa, lo que importa ahora es que caemos en picado.
Nos lanzamos hacia a la sala de radio; en mitad del pasillo se ha derrumbado una estantería de acero. Después de un duro forcejeo con la manilla de la puerta, que ha quedado trabada, logramos alcanzar los mandos:
- Allô allô... dietski mir dietski mir... nekoi slusha li me?
Pero a cambio solo recibimos chasquidos, los rusos nos han abandonado a nuestra suerte...
Descubrir que uno está solo, en medio de la multitud. En el barco de ahí abajo nadie notará la diferencia, Novecento seguirá tocando una y otra vez, arrancando los suspiros de las ricas pasajeras. La vida se condensa y embriaga. Puede que aún nos quede algún tiempo, atrapados en esta máquina infernal, pero el Destino ya ha fijado sus caprichos. Nada es igual a hace un momento porque la espera de una némesis lo cambia todo. Reordena las prioridades con la rapidez de un prestidigitador. Hubiese querido leer un libro de Susan Sontag que se hundirá con nosotros el día que este amasijo de tubos y hierros se precipite al fondo del océano: La enfermedad y sus metáforas. Ya no me dará tiempo; no importa, son demasiadas las cosas que uno quisiera hacer cuando se le aparece la muralla infranqueable del Tiempo que se agota.
La Tierra nos reclama, como Mephisto reclamó a Klaus María Brandauer. ¿Continuará el Mañana sin nosotros? ¡Qué pretencioso! Por supuesto que continuará. Y a medida que caemos hacia la Tierra nos elevamos un poco más en el cielo; nos separamos de todo el resto - del Todo - como un globo que se escapa de las manos de un niño, y al que una fuerza invisible arrastra hacia las estrellas.

martes, 6 de enero de 2009

Las penas humanas

Al ritmo que desfilan las noticias por las portadas de los diarios, cuesta enterarse de lo que realmente pasa ahí abajo. ¿Qué fue de la flamante propuesta de reformar el capitalismo, que la pareja sobona Merkel/Sarkozy pregonó a los cuatro vientos a finales de diciembre? Es una pena que la noticia se haya diluído tan rápido en la vorágine del ¡Ya!, porque quedaron interesantes dudas por esclarecer: ¿Pensaba la Bruni participar en esa nueva arquitecturación mundial? En caso afirmativo, ¿Cantaría a dúo con Ángela una nueva versión de Imagine, para promocionar la propuesta en Eurovisión? De ser así pueden contar conmigo y con dos servidores más, convencidos de que el planeta no necesita más mejoras, sino más Massieles y Salomés para distraer a los que se empecinan en vivir la realidad. Disfrutar de la función, vaya, sin preguntarse demasiado por lo que sucede entre bambalinas.
Perdimos aquí una oportunidad histórica con lo del zapatazo a Bush Jr. Me explico - y dejo una duda para la Psiquiatría - : así como alguien despierta de un largo coma tras un golpe brusco o una picadura de mosquito, ¿No cabe la posibilidad de que - de acertar el zapato -, hubiese re-renacido George en su versión alcohólica anterior? O quizá en una versión nueva, pongamos que Hare Krishna. Pero el ex-presidente resultó ser rápido de reflejos: instinto de supervivencia o Ley de Darwin.
Con tanta sobaquina informativa - que es como la cafeína, pero más adictiva - no es de extrañar que haya pasado casi desapercibido el sesenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (con Terrícola hubiese bastado). De la treintena de artículos que tiene la Declaración - todos ellos más ambiguos y escurridizos los unos que los otros -, hay uno especialmente nebuloso, y es el Artículo 3 ("Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona"). No hace falta ser muy avispado para entender una norma básica de la política: "Para alcanzar un acuerdo con otra persona situada en las antípodas ideológicas, basta ajustar las conversaciones a un marco tan genérico para que ninguno de los dos pueda estar en desacuerdo". Por eso el Artículo 3 logra lo imposible: unir a los grupos más variopintos, desde rancheros tejanos que rozan el nirvana cuando firman una ejecución hasta destacados pacifistas, pasando por algún pontífice recién convertido en patrocinador del negacionismo. Que todos estén de acuerdo con el susodicho artículo genera algunas dudas sobre su eficacidad.
Una encuesta reciente desvela que el 36% de los jóvenes españoles - jóvenes hasta los 30 - apoya la pena de muerte. Sería un buen momento para promocionar en las estanterías de la Fnac un pack Berlanga-Camus-Kieslowski y de regalo un lápiz-ventilador (para refrescarse las ideas), si no fuese por un detalle: y es que como el ser humano tiene esa extraña propensión a interpretar unos mismos datos en sentido opuesto según sus convicciones; cabe la posibilidad que después de leer Papillon, a algún cándido mozalbete se le ocurriese la formidable idea de reestablecer los trabajos forzados.
¿Cómo explicarles a nuestros vecinos de rellano que las soluciones expeditivas no suelen congeniar muy bien con el Progreso? Me recuerda que la Unión Europea quiere prohibir la haba seca y la figurita de porcelana en el roscón de reyes para evitar atragantos. Que cada uno encuentre la comparación.
Cuentan que allá por el año 1874, dimitió el tercer presidente de la República Española - Nicolás Salmerón - por negarse a firmar una sentencia de muerte; al menos eso dice su epitafio. No es que comulgue con aquello de "todo tiempo pasado fue mejor", pero lo de ahora se acerca cada vez más a la distopía; de ahí que la esperanza cotice al alza en los mercados mundiales. Y mientras tanto, Tarantino prepara su próximo baño de sangre en el que ensalza el derecho a la venganza. Ahmadineyad y Bush Jr postularon como protas de la película, pero el puesto ya estaba cogido. Lástima, porque era un taquillazo asegurado.
Feliz 2009

jueves, 4 de diciembre de 2008

La ladilla

Ha saltado a la palestra la quincuagésima polémica originada por la colisión entre Arte y Religión. Resulta curioso que lo que no pueden la Ciencia ni la Filosofía - levantar a los prelados de sus balancines - lo consigan un puñado de cuadros a los que francamente uno no le acaba de ver la trascendencia. Esta vez, el síncope no se lo han llevado los nuestros sino nuestros vecinos del Maghreb. Y la candidata al premio fatwa del año se llama Sarah Maple.
A decir verdad la noticia de Maple tiene ya un par de meses - es decir que no es noticia -, pero la saco a colación porque he encontrado entre los estantes del laboratorio un libro de Christian Salmon:
Tumba de la Ficción. Supongo que un libro es bueno cuando satisface las expectativas que genera su contraportada; si es así, habrá que decir que el libro de Salmon es excelente. El autor cree que la ficción resulta incómoda para los dogmáticos, y trata de explicar el porqué. La censura existe todavía en el mundo libre, aunque sus formas sean menos identificables que antes.
Como Sarah Maple también hace ficción a su manera, aunque no sea Literatura, se ha convertido en una molesta ladilla en las barbas de los fundamentalistas. Pero la cosa no se ciñe al mundo islámico; también Saramago y Gunter Grass - entre otros muchos - vivieron la intolerancia por atreverse a adentrarse en lo sagrado. Y es que fanáticos los hay en todas partes, y les irrita de sobremanera que les toquen las narices. Ya lo dice el undécimo mandamiento (nunca transcrito):
No serás ladilla.
Como el problema del integrismo religioso no es baladí - y menos en tiempos de expansión del islam - la solución política sería ver qué hacemos con tanto proscrito. Me aconseja Laika - la politóloga - regalarles alguna isla en el lejano Pacífico, para que puedan enviarnos desde ahí sus últimas creaciones. Esta opción
a la hebrea tendría dos grandes ventajas: ellos - todos los Rushdies del mundo - podrían trabajar sin miedo a que les rebanen el cuello; y nosotros, desde la vieja y buena Europa, recibiriamos sus obras impías con un goce acrecentado: el del adolescente que tenía la suerte de ver un pezón en los años de Marisol.
Mientras pregonamos humildemente esta idea nuestra por el mundo, nos queda el Parlamento Internacional de los Escritores, una organización creada en 1993 que ideó una red de ciudades-refugio para dar cobijo a escritores e intelectuales amenazados. Pero la respuesta a largo plazo debe venir de la sociedad, y muy especialmente de las personas creyentes, que son las que tienen la posibilidad de recuperar el terreno robado por los reaccionarios. Nada debería impedir el cuestionamiento de nuestras creencias - incluído el ateísmo - y nuestras convicciones, porque es a través de ese ejercicio que el Hombre consiguió salir de la Edad Media.
Y por favor no comparen el Arte profano con las caricaturas de Mahoma o las viñetas anti-judías de Der Strummer, porque no tiene nada que ver. La diferencia está en la intención; lo primero incita a la reflexión, mientras que lo segundo no es más que burda propaganda de guerra: combustible creado para avivar el fuego y ahondar los prejuicios de una raza o civilización sobre la otra. Claro que - me comenta Nikita - para prohibir la propaganda bélica, habría antes que prohibir la Guerra.


Cuadro: Autoretrato con el pecho de Kate Moss, Sarah Maple

domingo, 9 de noviembre de 2008

Las recompensas gratas

Las sorpresas más reconfortantes suelen aparecer los días de lluvia, nunca he logrado saber por qué. Hoy ha amanecido el planeta recubierto de un espeso manto gris, como tratando de protegerse del frío en su paseo por la Galaxia. Ha sido Nikita quién - escrutando el horizonte con las dos patas delanteras apoyadas contra el gélido ventanal - ha lanzado una insólita exclamación: ¡Una mariposa blanca!
Nos hemos asomado los tres al oscuro abismo, y efectivamente ahí estaba: revoloteando tras el grueso vidrio como si viniese a decirnos algo. Se ha detenido unos segundos, observándonos sorprendida, y luego ha continuado su camino ascendente.
- ¡WAO! ¿A dónde irá? ¿Qué hace aquí en la estratósfera? ¿Habrá sido una alucinación?
No hemos dicho nada; es el problema de encontrarse con un símbolo tan potente, que no resulta creíble en nuestra realidad. Un viejo profesor de lengua nos habló una vez de aquel periodista que - adentrándose en una ciudad devastada por la guerra -, se cruzó entre las ruinas y los últimos lametones de fuego, con un caballo blanco. El reportero, que era ante todo un profesional, consideró suprimir al animal de su crónica pormenorizada por miedo a que perdiese verosimilitud. Y es que no hay peor ofensa para un corresponsal que ser tachado de fantasioso, y para colmo insípido - dada la facilidad con la que algunos (insípidos) escritores recurren a esa metáfora -.
Lo cierto es que estas fracciones de Tiempo en que la realidad penetra en el terreno de la ficción - o viceversa -, vienen a ser lo que muchos conocen como milagro. Wikipedia especifica que éstos ocurren sobretodo en los países del Sur y las sociedades pobres. Tiene mucha lógica, porque lo que este fenómeno denota es ante todo esperanza, y en los países ricos hace tiempo que ya no esperamos nada. Nosotros que vivimos con la indiferencia de las vacas - masticando alfalfa mientras pasan los trenes -, lo único que esperamos es que siga saliendo el Sol.
Ahora que la secularización de nuestras sociedades ha acabado con las apariciones virginales, y otras manifestaciones del Altísimo tan de moda a principios del siglo XX, nos queda poco espacio para el estupor. Teníamos a los OVNIS, que tanto gustaban de visitarnos en los felices 80, pero parece ser que han encontrado lugares más sugestivos en otros Sistemas Solares. Y luego están los fantasmas escoceses, recluidos en sus torreones con el síndrome de Canterville. Tal y como está el panorama, podría pasar rozándonos la legendaria Llorona - vestida de blanco y huyendo, en el andén de Cercanías -, y probablemente ni levantaríamos la cabeza. O quizás sí, para indignarnos: SHHHH!!!! ¿Por qué no se calla esa mujer?
La última oportunidad de conciliar la realidad con la ficción, nos la brindó el Nuevo Periodismo; un intento literario que pretende fundir los hechos verdaderos con la imaginación. Lo cierto es que aunque Capote fue el inseminador, la patria potestad se la llevó Tom Wolfe por ser quien abrazó y pregonó las bondades del nuevo género con la Fe del converso - ¿Será por eso que viste de blanco? -. Pero como era de esperar, al híbrido en pañales no tardaron en asaltarlo una tropa de acérrimos críticos, que no soportaron la idea de adobar las crónicas periodísticas serias con salsas y condimentos improvisados.
No nos engañemos, aquellos que tanto han luchado por sellar herméticamente ambos mundos son los mismos que suprimirían al caballo blanco del relato, dejarían escapar a la Llorona sin reconocerla, o se frotarían los ojos al encontrarse una mariposa aquí arriba en la estratósfera, donde el azul se vuelve negro. Aventurarse a dar un garbeo por las lindes difusas de la realidad tiene a menudo sus recompensas. Y es que al empeñarse en separar lo real de lo ficticio - en tamizar la leyenda para quedarse con el suceso -, lo único que conseguimos es empobrecer nuestra existencia, porque los ornamentos son casi siempre los que hacen que una historia merezca ser contada.


Ilustración: Paradójico (y Original) Escher

miércoles, 22 de octubre de 2008

Malditos recortes

No sé si existirá un nombre para los coleccionistas de recortes de prensa, pero si no lo hay debería inventarse uno ya mismo, porque el fenómeno va en aumento. Hasta el Comandante Fidel ha confesado recientemente compartir esta extraña afición, que no solo le rellena las tardes, sino que encima le ayuda a analizar "los más agudos problemas internacionales". Como el Granma no da para mucho, es de suponer que nuestra caperucita tropical le echa alguna que otra ojeada a las rotativas del tan cacareado Imperio feroz, aunque solo sea a escondidas, en la intimidad del excusado. También Laika clasifica noticias de todo tipo: por temas, fenómenos insólitos, cotilleos - siempre le ha fascinado la rumorología -, y otras joyas del papel impreso.
Lo fascinante de este pasatiempo es medir de primera mano como los artículos se encadenan cronológicamente, recorriendo senderos improvisados en la Actualidad. Lo habitual es que estas sendas vayan estrechándose, hasta que desaparecen zigzageando entre los matorrales informativos; pero ocurre que ocasionalmente, cuando ya les habíamos perdido el rastro, una primicia matutina nos devuelve la pista, arrastrando con ella los jirones de noticias más antiguas.
Eso es sin duda lo que ha ocurrido esta semana, cuando ha dado la vuelta al mundo (al menos el virtual) la noticia de la delación de Milan Kundera, cuando tenía 21 años. Como no es ningún secreto que fue un ferviente comunista en sus inicios, no acabo de entender el escándalo de los que le reprochan su doble rasero. De ser cierta, la noticia - como bien dice Rosa Montero en su columna semanal - debería entristecernos, porque "demuestra los abismos de miseria a los que somos capaces de llegar los seres humanos, corrompidos por las dictaduras"; y fascinarnos también, porque es una prueba fehaciente de que las personas cambian, y son capaces de redimir sus culpas.
En uno de esos mágicos ejemplos de noticias concatenadas, el alboroto - Kundera nos remite al escándalo - Gunter Grass, a quien casi montaron un auto de fe cuando se le fue la mano pelando la cebolla, y confesó haber pertenecido con 17 años a las Waffen-SS. De poco servía que todo lo que había escrito fuese en la dirección opuesta; las manchas de colaboracionismo son las más difíciles de quitar. Claro que juzgar a los demás por sus actos - en una época que tuvimos la suerte de no vivir -, es un vicio irresistible; y si ya de paso podemos tirar por la borda la obra humanista de dos escritores, mejor.
En el caso de Wagner - cuyas notas musicales tienen vetada la entrada en Israel - la cosa se complica aún más, porque entra en juego el simbolismo, y los símbolos están por encima de la Razón. Ahora bien, una cosa es reprobar los libelos envenenados del compositor, y otra muy diferente condenar al silencio a los Nibelungos, que solo "pasaban por ahí", como diría Aute.
Flaco favor le hacemos al Arte, suprimiendo las grandes obras de nuestros tiempos por la condena moral de sus autores. Eso fue exactamente lo que le pasó a Leni Riefenstahl, con cuyo ostracismo salimos perdiendo todos, porque nos perdimos la evolución artística de una persona cuanto menos singular. De la joven femme fatale que sobrevivió al Tercer Reich pueden decirse muchas cosas, pero lo innegable es que supo reciclarse como ni Madonna sabe hacerlo, y que siguió en la vanguardia de la creación artística, aunque la vanguardia no quisiese saber nada de ella. La vida de Riefenstahl está escrita en celuloide, lo que quiere decir que es una película en sí misma. Sus magníficos trabajos sobre el pueblo Nuba, o los paisajes submarinos que exploró hasta los 98 años (y no es una errata), merecen más que un vistazo. Ya centenaria, aún le dio tiempo a casarse y sobrevivir a un accidente de helicóptero, antes de que un cáncer se la llevase por delante. Ahora que preparan la adaptación cinematográfica de su cinematográfica vida - protagonizada por Jodie Foster, por cierto -, espero que sepan huir de las lecturas maniqueas que tanto gustan en la Meca del Cine.
Siempre es más fácil condenar a los malos, y admitir a los buenos, pero si no reconocemos las debilidades humanas, ni la posibilidad de un giro en el ciclo vital de una persona, habremos aprendido poco de los totalitarismos del pasado siglo, y estaremos mal vacunados contra una siempre posible regresión democrática.

domingo, 19 de octubre de 2008

Esperando a Godot

Laika siempre cuenta que durante su breve estancia en Sarajevo como reportera de guerra, conoció una noche a Susan Sontag, que se encontraba allí dirigiendo la obra Esperando a Godot. Lo trágico de los Balcanes, es que cuando Godot se dignó en aparecer Bosnia ya era ceniza, pero eso no viene al caso. Lo que importa ahora es que en el transcurso de esa velada Laika se enamoró perdidamente de su admirada escritora, y desde entonces no ha vuelto a sentir atracción por el género masculino. Como también heredó la gata el mismo espíritu reivindicativo de la novelista, he vivido de cerca la lucha del movimiento LGTB por abrirse camino en la jungla social contemporánea.
Los verdaderos activistas de hoy en día - los de tipo congénito - parecen añorar los tiempos en los que existían Bastillas que derribar en Occidente; lo de ahora tiene menos carga de adrenalina que un paseo en barca por el lago de Disney.
Como el trayecto desde los barracones de los campos nazis hasta el Orgullo de Chueca ha sido bastante ajetreado, merece la pena mencionar que cuando acabó la guerra, parte de los supervivientes del triángulo rosa pasó a engrosar las listas carcelarias de la flamante RFA (entre 1945 y 1969 se encarcelaron a más de 60.000 personas por
conducta lasciva en el país del chucrut).
Desde entonces, el lifting facial que ha vivido Europa la ha vuelto casi irreconocible, aunque todavía se le escapa a alguno el tufo a homofobia bajo el injerto capilar. La nota de color la ponen los tres divertidos habitantes de la isla griega de Lesbos, que han acudido recientemente a los tribunales para pedir que se deje de usar el término “lesbiana” aplicado a la preferencia sexual, por inducir a terribles confusiones en la isla. Se me ocurre que quizás acabarían antes su misión herculeana rebautizando el islote, aunque quién sabe si los movimientos sáficos del planeta no adoptarían entonces la nueva denominación.
Existe un magnífico trabajo de filmoteca: el documental Celuloide Oculto, que analiza de forma transversal la homosexualidad en el cine de Hollywood a lo largo del tiempo. Rebobinando a los tiempos del blanco y negro, con sus temibles
lesbianas - Nosferatu , uno se da cuenta del inmenso paso adelante que se ha dado en Occidente. ¿Y qué pasa con el resto del planeta? Pues que muchos siguen debatiéndose aún entre la persecución descarada, y la hipocresia del Don't ask don't tell.

Azuzando el cansino e inconcluso debate entre determinismo genético e influencia cultural, no parece que vayamos a llegar a ninguna parte; de todas formas, a los apasionados del tema se les olvida recurrir a la fuente más importante: la Antropología. Lo que me gusta de esta disciplina, es que nos descubrimos a través de los Otros, como le gustaba a Kapuscinski. Cierto es que la materia está irremisiblemente impregnada de un barniz eurocentrista, pero no por ello deja de sernos útil para resolver ciertas cuestiones.
Nikita está iniciándose en el terreno con Marvin Harris, que es el clásico ineludible por excelencia, el demi-plié, la malla o el Bolshoi de la danza.
Sobrevolando fugazmente el pueblo de los Hu, en China, donde no existe la figura del padre; o los Etoro, en Papúa-Nueva Guinea, donde la homosexualidad es obligatoria y la heterosexualidad permitida solo en períodos cortos del año, uno se da cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que podría parecernos. También en el cercano Brasil, por cierto, no se entiende de la misma manera que en el Viejo Continente el concepto de gay.
Pero como somos propensos a ver el mundo con anteojeras, ahí seguimos, pregonando tolerancia - del latín
tolerare: soportar, cargar - en vez de integrar la diferencia. Y mientras tanto, una parte de la Humanidad sigue esperando...

sábado, 11 de octubre de 2008

La democracia en Salem

Llevo unos días preocupado por las noticias que voy desgranando en los diarios digitales de cada mañana, con mi bol de corn flakes en una mano y Nikita en la otra (a ella también le apasionan los jugosos intríngulis políticos que se cuecen ahí abajo). Por lo que he estado leyendo, parece que hay una crisis tremebunda que tiene en vilo a todos los gobernantes, y a toda la oposición babeante ante las nuevas perspectivas electorales. Un regalo del cielo en forma de hipoteca subprime, que es un nombre que hasta hace unos meses sonaba de lo más fashion.
La situación empieza a parecerse a una (mala) tragedia griega, sin coro ni corifeo, por falta de presupuesto. Las bolsas sufren espasmos en Wall Street. - ¡Aire aire! - grita Sir Dow Jones , pero en la sala nadie tiene idea de como hacer un boca a boca. Tampoco los periódicos saben ya qué poner en portada después de una semana rotulando !Crash!, ¡Hundimiento!, ¡Crisis!, ¡Big Bang! Me pregunto como titularán el día del Juicio Final, cuando hayan agotado todos los vocablos cataclísmicos de la Real Academia. Es el problema de las palabras, que se desgastan con su uso.
A Laika la llamaron el otro día por Skype desde Argentina, preocupados por la crítica situación que, según los medios, se estaba viviendo en Europa. A este paso vamos a acabar pidiendo ayuda a Gabón, para que nos asistan en nuestra desgracia. Para ombligos el nuestro, que es el más redondo y estiloso.
Y a todo este aguacero informativo con tintes de Diluvio, debemos sumarle otra importante noticia: la probable victoria del negro terrorista como le llaman amistosamente desde las cadenas más conservadoras de USA. Un árabe musulmán y radical, por lo que he podido leer en alguna web, que se propone acabar con la libertad e imponer el socialismo. Les faltó añadir lo de la conspiración con las fuerzas oscuras de Darth Vader, que le añadiría un toque épico al asunto, y quizás lograría reclutar a una armada de valientes jedis dispuestos a dejarse la piel por la democracia y la libertad.
Sobre este punto, Noam Chomsky tiene una observación interesante: Para preservar la pureza de una doctrina en democracia, no es necesario demostrar que el adversario es una amenaza, sino asegurar que el debate queda limitado a un espectro reducido (comprendido entre los halcones y las palomas). De esa manera, gane quien gane, el sistema de propaganda cumple sus objetivos. Extrapolado al contexto actual, viene a decir que al presentar al más que liberal Barack Obama como emisario de la hecatombe comunista, quedan inmediatamente excluidos del debate político todos aquellos individuos cuyas ideas estén a su izquierda. Se evita así que las personas piensen más allá del margen McCain - Obama, agotándose en el segundo los límites de la opinión razonable (y por ende merecedora de ser respetada). Eso explicaría porqué los demócratas padecen ese curioso complejo del antipatriota, que hace que el asesor de Obama ande loco ajustándole al candidato el pin nacional en la solapa, o susurrándole al oído el imperioso God Bless America - no vaya a ser que se le olvide al final de su discurso -.
Con la crisis galopando, y Barack Hussein El Rojo subido a su grupa con la lanza en ristre, la América profunda ya cree tener enfrente al mismísimo jinete del Apocalipsis. Ante tan oscuras perspectivas, no es difícil imaginarse a los verdaderos progresistas - alguno debe quedar en el país -, ardiendo en una pira de madera de nogal por atreverse a abrir la boca. Y es que toda democracia tiene sus límites, y en el país de Salem existe una especial predilección por la carne chamuscada.

sábado, 4 de octubre de 2008

Hiroshima

Si el Hombre se distingue por su pretensión - esa manía por querer opinar constantemente de todo: lo que conoce y lo que ignora, lo que le afecta y lo que le es ajeno, lo vital y lo superfluo -, de todas las pretensiones, una de las mayores debe ser atreverse a hablar de Hiroshima, porque por mucho que acertemos con las palabras, lo que dejamos de lado es mucho más. Así como al perfumista siempre se le escapará parte del aroma de los aceites esenciales, el pensador no puede condensar en ningún libro ni biblioteca todo lo que Hiroshima significa, porque su Historia es pulpa de nuestra Humanidad. De todo lo que se pudo decir sobre esa ciudad, Alain Resnais debió ser uno de los que más se acercaron, y aún así se lo dejó casi todo.
La Memoria es sin embargo necesaria; allí más que en ningún otro lugar, y sólo por ello merece la pena aventurarse a sintetizar lo irreductible. En algunas tradiciones africanas, se cree que uno no muere mientras perviva en el recuerdo de los demás. Sólo cuando la última persona que nos lleva en su memoria deja de evocarnos, desaparecemos para siempre.
Pensaba hablar aquí del progreso, de Mazinger Z, el mítico robot gigante tripulado, cuyo nombre en japonés quiere decir Dios-Demonio. Curioso binomio, que podría ser un mundano oxímoron pero no lo es. Su significado oculto es revelador: el avance técnico no es bueno ni malo per se, sino que depende de las manos en las que se encuentra. Pero prefiero no seguir tirando de este hilo, no aquí ni ahora, sería desacertado.
En la reconstruida Hiroshima de hoy en día, renacida del polvo radioactivo, sólo un edificio - o lo que queda de él - atestigua lo que sucedió. Los turistas que pasean por delante con la cámara terciada nunca entenderán nada, como nadie que no lo haya vivido lo comprenderá jamás. Quizás sea esa la gran condena de la Humanidad: la imposibilidad de trasvasar las emociones de una persona a otra como hacemos con los líquidos enfrascados. Esa y el Olvido, un boquete hambriento que con el tiempo se ensancha, y que lo absorbe todo y lo sepulta.
Aún así, la conservación del "Domo Atómico" ejerce una función doble; produce melancolía - más que horror -, puesto que el insoportable peso de la bomba se ha esfumado ya, y en su lugar queda flotando la levedad de lo que ya es Pasado. Y también transmite rebeldía, ante ese alzeimer nuestro que nos atenaza. La etérea estructura de piedra sobrevive acechada por las amnésicas construcciones de acero, y es precisamente en esa soledad que cobra fuerza su mensaje.
De todos los rincones posibles, Derek Jarman - que por entonces se estaba muriendo - eligió la inhóspita y sedienta tierra de Dungeness, frente a la central nuclear, para levantar su pequeño jardín. Y justamente al escoger ese lugar y no otro, creó en el acto - y con el acto - una bella metáfora.

Una flor que se despereza entre la nieve,
Una fotografía rescatada de la ascuas,
Una bocanada de aire para el buceador atrapado,
Un destello en el vacío.

jueves, 2 de octubre de 2008

Radio Nomi

En los planos originales de la estación aparece en uno de sus extremos una gran antena de radio que en realidad no se montó nunca, porque parte de los circuitos necesarios no llegaron a despegar de Tierra. La otra parte de las piezas, la hemos encontrado la gata y yo rebuscando entre los cachivaches que se amontonan en el laboratorio. Con la ayuda de un manual en ruso disponible a bordo - y traduciendo Laika a duras penas -, hemos logrado construir un aparato extraño que crepita y emite palabras perdidas. Bueno, para ser sinceros sintoniza dos emisoras, pero se estrujan en una longitud de onda tan cercana que interfieren la una sobre la otra, como si rivalizasen por conquistar al lejano oyente.
Una de ellas es Radio María, en polaco, aunque no me hace falta entender al locutor para que se me ericen los pelos de la nuca; eso sí es poder de comunicación. Debe ser para evangelizar alienígenas - ahora que la Iglesia ha reconocido su posible existencia -que emiten a esta distancia de la Tierra.
Si giramos muy suavemente la rueda del sintonizador, nos trasladamos mágicamente al centro de Buenos Aires, puesto que la otra emisora captada no es otra que Radio la Colifata, la de los locos del Hospital Borda.
En este momento suena Lightning Strikes de Klaus Nomi, remixada con los salmos de la cadena religiosa. El resultado es tan sorprendente que no puedo evitar imaginarme - entre la cacofonía -, el nuevo vídeo promocional de la corporación eclesiástica: un elenco de epíscopes y acólitos, ataviados con los trajes galácticos y el peinado en punta del estrambótico personaje. Se me ocurre que quizás lograría así detener - monseñor Ratzinger - la sangría de deserciones que viene registrando desde hace un par de lustros en su club de fans.
No sé si serán los efluvios del vino de misa o el sosiego otoñal de Castel Gandolfo, pero algo parece haber desconectado al sumo pontífice del resto de los mortales. Ahora que tanto empeño pone en dilucidar el origen etimológico de la palabra matrimonio, le aconsejaría que le echase un vistazo al de eutanasia, que deriva del griego antiguo y significa "muerte buena, o digna". Pues qué es sino el poder despedirse de este mundo en paz y ataraxia, sin esperar a convertirse en una torturada coliflor.
En algo semejante acabó metamorfoseándose Carol Wojtyla; aunque con la ayuda de Dios - y quién sabe si un poco de morfina administrada de estrangis bajo de la sotana - debió afrontar su inminente ascensión al Empíreo con el mismo sufrido placer del penitente. Pocos hubiesen aguantado el morboso circo mediático que se organizó bajo su alféizar para lucrarse con su agonía, pero el supremo gerifalte cumplió religiosamente con su rol de marioneta papal. La Fe es un potente catalizador de este tipo de heroicidades.
Tal como vienen las noticias, parece que desear una muerte tranquila se va a convertir pronto en una extravagante fantasía, y para colmo censurada. Ahora que desde Italia se ha propuesto reanimar aquellos fetos que presenten signos de vida después de un aborto - aún en contra de la opinión de los padres -, me atrevo a vaticinar en los futuros geriátricos de doña Espe, una legión de ancianos vegetativos, enchufados por la fuerza a respiradores artificiales y bolsas de suero fisiológico.
Es una pena que la Iglesia digiera tan mal todo lo que huele a progreso y libertades civiles, porque en su empeño por seguir regentando una sociedad ya madura, los sectores más recalcitrantes de la Iglesia desprestigian la labor humanitaria que tantas otras personas en el seno de esa institución llevan ejerciendo en la oscuridad.
Pero volviendo a nuestros internos del Borda, se encuentran ahora en un acalorado debate sobre el papel de mesías espacial que protagonizó Nomi. Un hombre con voz estridente asegura que el andrógino Ziggy Stardust es el verdadero héroe que llegó para salvar la raza humana. Una mujer le rebate: "Estás completamente cuerdo de atar" le dice, y acusa al Sr Stardust de farsante-tramoyista. Tras un intenso rifirrafe, acceden a someter a votación el título de Salvador. Con el oído pegado al altavoz y conscientes de la relevancia histórica de este improvisado concilio niceano, presenciamos desde la estación el advenimiento de un nuevo culto.
- Cuatro votos a tres, y Gastón se abstiene - recoge el hombre de la voz de pito - Klaus Nomi es por lo tanto nuestro Salvador providencial.
Se escucha un largo silencio, y una voz ronca pregunta:
- ¿Y ahora, quién ejercerá de representante sobre la Tierra?

Youtube: Lightning Strikes - Klaus Nomi

jueves, 25 de septiembre de 2008

Knock on wood

Noche tras noche después de cenar, nos acurrucamos contra el ventanal para ver como se encienden por puñados las ciudades y los pueblos. La lengua - con la que tantos malabarismos saben hacer los virtuosos - empobrece cuando se trata de describir una escena semejante.
La oscuridad tiene aquí un potente efecto revelador: nos muestra aquello que siempre está ante nuestros ojos, pero que los rayos del día no permiten apreciar. Pasa con las constelaciones, que aguardan pacientemente a que caiga el sol para guiar nuestros barcos. Y pasa también con la pobreza de media humanidad, que clama silenciosamente cuando, llegado el ocaso, se alumbra sólo el hemisferio Norte. Todo el mundo ha visto los espectaculares desplegables del National Geographic; pero en vivo y sin el maquillaje del photoshop, es difícil no distinguir entre la penumbra las letrinas del submundo.
La noche levanta el velo y nos muestra el mundo tal y como es; quizás por ello se sienta tan incómodo el hombre frente a la oscuridad. Los contrastes son tan ácidos que sólo podemos atribuír nuestra bonanza a: A. el Azar o B. la Ley natural (véase ambas a la vez). Todo lo demás exigiría una intervención inmediata; una cantimplora para aplacar la sed de justicia social que agrieta por igual los desiertos y los trópicos, los campos de arroz y las vegas de tabaco, la Pampa y la Sabana.
Se abre el telón, y aparece una ciudad rebosante de neones; entre los rascacielos, Anita Ekberg - operada hasta los juanetes-, jalea zambulléndose en una fontana cualquiera. Delante, un letrero luminoso rojo carmín que reza como la vieja canción: Knock on wood; la misma que entonaban al unísono los asíduos del Rick's Café. Se cierra el telón.
El título de la película es: No hay madera para todos; una versión de la teoría maltusiana - que es la que se estila ahora -, y con infinitas extensiones: no hay comida, no hay abrigos, no hay neones ni tampoco Anitas Ekbergs para todos. Imagino que al pobre Malthus le debieron tergiversar bastante su discurso, que es lo que suele pasar cuando a uno le da por fallecer; pero deformada o no, el problema de su conjetura es que en el país de los pobres no hay quien se la crea.
Los neones deslumbran como un potente faro de Alejandría, el más eficaz de los reclamos. Atraen como polillas a los que no tuvieron la suerte de nacer allí donde Coca Cola embotella felicidad, y las crisis se curan con prozac. Pero es bien sabido que los oasis son a menudo espejismos, y los neones, fuegos fatuos. Al viajero del Sur lo adentran en sus maresmas con la misma calculada estrategia que la de una planta carnívora con su presa. Es un tétrico espectáculo al que uno se acostumbra - preparados como estamos a digerir toda la carnaza que nos arroja la prensa -. Y es que las repetidas imágenes (¿será un dejà vu?) de esqueletos vivientes llegando a nuestras playas ya no sirven ni para vender periódicos.
Se aproximan los cayucos vapuleados por las aguas, y los deseos - que en ellos viajan apretados - se estrellan contra nuestras costas. Estallan en mil cortantes pedazos, pero sin estrépito, como en una película muda; y los peces y las estadísticas engullen todo lo que queda.

Youtube: Knock on wood

domingo, 14 de septiembre de 2008

El rey se muere

Nos ha despertado hoy la hurona, exaltada como de costumbre, pero nada más entreabrir los ojos he sentido que algo extraño sucedía. La temperatura había descendido más de lo habitual. Hemos seguido a Nikita - apresuradamente, por los pasillos - hasta llegar al módulo 3, y nos hemos abalanzado contra el ventanal.
La visión nos ha sobrecogido: hielo y nieve. Por doquier. Blanco esmerilado hasta donde alcanza la vista. Todos los mares y océanos cristalizados; todos los valles y cordilleras congelados. Y un terrible halo de misterio. Como si todos los volcanes se hubiesen congeniado para dejar de escupir humo y la Tierra hubiese decidido entrar en eterno descanso.
Muerte y belleza. Como si en un paseo matutino nos hubiesemos topado por sorpresa con la famosa Ofelia de Millais - yerta, pero recubierta de escarcha -. Gélida fascinación ante la hermosura inerte.
- ¿Qué ha pasado? ha inquirido Nikita con un hilo de voz.
- Estamos sobrevolando el Ártico - le ha respondido Laika escudriñando el horizonte.
- ¿Y de quién es ese Ártico?
- De nadie. Todavía.
- Pues si no es de nadie es mío, ha proclamado Nikita.
- Está bien, entonces yo me anexiono los planetas telúricos, el cinturón de Kuiper y todas las constelaciones de Ptolomeo.
A la hurona se le han iluminado los ojos:
- Yo me quedo pues con el cometa Halley, Júpiter, y... ¡el Sol!
Para cuando se hubieron cansado de nombrar asteroides y nebulosas planetarias - veinte minutos después - ya habían tomado posesión de medio universo.
Pensé en el ex-dictador y genocida Idi Amin, que en la versión extendida de su título contaba con el de Señor de todas las bestias de la Tierra y peces del Mar; y que también se otorgó, de paso, el título de máximo representante del Imperio británico y de las lluviosas tierras escocesas. Menudo gustazo debe ser apropiarse - de un plumazo -, del Imperio que tanto les costó a los ingleses forjar. Pero el mérito de todo esto radica en que hizo lo propio sin necesitad de plantar una sola bandera.
"Folclóricas y anticuadas" debía responder cuando se le preguntaba por las pomposas ceremonias de toma de posesión que tan de moda habían estado desde los tiempos de Colón, en la isla Guanahani, hasta Amstrong, en el Mar de la Tranquilidad.
Lo cierto es que tan histórico ritual - más antiguo que el de un perro marcando su territorio -, se ha quedado un poco demodé. Al ritmo que llevan todos los países plantando banderas en el Ártico, lo único que parecen conseguir ya es marear a los osos polares y confundir a las morsas, que no saben a qué corona rendir pleitesía.
Y con esto del calentamiento global, se va pareciendo todo cada vez más a una conocida obra ionesquiana. ¿Adivinan? Solo que aquí en vez de un monarca son un buen puñado los que compiten por tan preciada piel de zapa. Me los imagino aferrados a la punta del último iceberg ártico, sudorosos, empujándose por alcanzar la cima. Eso sí, las banderas se hundirán la últimas.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Sobre la limpieza étnica y otros quehaceres

Poniendo orden en la estación, he confirmado la desaparición de multitud de calcetines, bufandas y demás prendas ligeras. Rastreando los rincones, he dado con la madriguera de Nikita: un armario empotrado repleto de trajes de kevlar y cascos de plexigas; y en el fondo de éste: una montaña de los ansiados complementos y un libro de Evelyn Waugh sobre la coronación de Haile Selassie. Interrogada la hurona sobre las razones de tan empecinado atesoramiento, me ha respondido de forma altiva: "me irrita el caos; hay monarcas que ordenan su reino, yo acicalo el mío".
Le he tenido que explicar que éste no era su reino, sino en todo caso una república de tres, y que poner orden no consiste en esconder de la vista los elementos discordantes, sino en guardarlos minuciosamente en su lugar correspondiente. En los preparativos de su fastuosa ceremonia de coronación, Haile Selassie - último emperador de Etiopía e icono Rastafari (a partes iguales) -, mandó ocultar las casas de adobe de Addis Abeba con sábanas blancas, que es lo más parecido a camuflar una arruga con base correctora. Por supuesto, lo difícil no es barrer bajo la alfombra, sino creerse uno mismo que los problemas, por estar encubiertos, ya no existen. El problema de reinar en un país de cartón piedra es que uno pierde la capacidad de distiguir un rostro de una máscara veneciana. Me imagino que algo similar debía pensar el Generalísimo mientras enrollaba el sedal, a sabiendas de que siempre hallaría al final de la línea la trucha más grande del pantano.
Luego claro está, se encuentran los que poniéndole orden al patio se les va la mano - pienso en aquella Buendía, la que salió volando por sacudir la sábana con demasiado brío -. Y es que algunos se toman muy en serio esto del fregado del hogar; empiezan cepillando el embaldosado hasta desgastarlo, y acaban exterminando tutsis a granel sin haber notado la linea divisoria. Suelen ser recurrentes las palabras de limpieza y orden entre los grandes genocidas; no en vano el término limpieza étnica se forjó en la Gran Serbia que soñó puerilmente Milosevic.
La retórica tras la cual parapetan los tiranos sus abominables acciones no es más que otra forma de cubrir con lonas coloridas la grisácea realidad; no dejarnos seducir por la apariencia externa de la cajonera - le he explicado a Nikita - es nuestro deber como seres globalizados del nuevo milenio.
Parece que el mensaje ha calado; al día siguiente al levantarme, todos los calcetines estaban de vuelta en el cajón indicado, cuidadosamente ordenados por pares.

martes, 2 de septiembre de 2008

El alma de Nikita

Estaba leyendo yo La insoportable levedad del ser, cuando me he topado con unas lineas subrayadas, presumiblemente por Laika. En ellas el autor discurre sobre la posesión o no, de un alma, por parte del entrañable San Bernardo de la protagonista. El autor viene a decir que con el acto de otorgar un nombre al can, se le dota irremisiblemente de una personalidad. De lo contrario, su esencia queda relegada a lo que Descartes definía como machinae animatae (máquina animada).
Me ha venido enseguida a la cabeza Berta - nuestra palmerita -, con quien tanto le gusta a la hurona amenizar las tardes. No sé que pensará Kundera de esta extrapolación a los seres vegetales, pero nosotros a la planta nos la llevamos hasta de vacaciones. Por otro lado, me ha sonrojado la idea de que la hurona fuese aún una máquina animada. La observo ahora dormitar, sacudiendo frenéticamente las patas traseras: yo siempre había pensado que eran sueños freudianos que agitaban su conciencia; descubrir ahora que son actos reflejos de un cuerpo sin alma me ha estremecido.
Sobrecogido por el hallazgo, me he apresurado en comunicarle mis pensamientos a la gata, y hemos adoptado ipso facto el nombre de Nikita. ¿Porqué Nikita? Porque su mayor debilidad como mujer letal son sus sentimientos humanos. Esta capacidad suya de parpadear ante el sufrimiento ajeno, aboca al personaje a un recurrente dilema moral, que la diferencia del elenco de terminators (¿máquinas animadas?) que la rodean. Ya puestos a concederle un alma a nuestra mecánica compañera, hemos pensado que no estaba de más dotarla de humanismo, que es una característica que no cotiza muy al alza últimamente.
Hemos despertado pues a la hurona; y Laika - con una comisura en los labios -, ha pronunciado de forma solemne: te llamarás Nikita, y tu nombre te seguirá allí donde vayas, te protegerá, y dará sentido a tus sentidos.
Esperábamos que ocurriese algo; un indicio de que nuestra hurona había dejado el mundo de las máquinas animadas, y había ingresado para siempre en el nuestro, pero nada se ha producido. Lo único que hemos podido observar ha sido la beata sonrisa de Nikita, embriagada por la noticia de su flamante nombre de asesina en serie. Nos hemos mirado de reojo la gata y yo, y ésta se ha encogido de hombros: con o sin nombre, la hurona siempre había sido Nikita.

viernes, 29 de agosto de 2008

El pincho universal

Nikita nos ha desvelado hoy sus planes de futuro: quiere ser antropóloga. Laika ha soltado una sonora carcajada, desde lo alto del taburete de la cocina, que ha irritado profundamente a la hurona.
- !Guanaca sedentaria! Mejor eso que pasarme la vida apolonada en el sofá.
- Apoltronada.
- ¡Basta ya! he terciado para evitar llegar a mayores.
Le he explicado a la hurona que muchos recorren el mundo sin moverse de casa (pienso en Novecento, que exploró las ciudades más recónditas sin bajarse del Virginian; a través del relato). Otros muchos en cambio, por más que se desplacen no llegan a salir de su caparazón.
- ¿No quieren?
- Hum, el encuentro con el Otro requiere una fuerte voluntad por las dos partes, y ésta no siempre se da.
- ¿Por qué no?
- No siempre fue así; en los tiempos de Ulises, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comportarse como personas, nunca se sabía si era dios o humano el viajero que se acercaba. Sostiene el poeta Norwid, que fue esta inseguridad la fuente de hospitalidad durante siglos. Ahora que nuestros dioses han perdido tales facultades, se acabaron los tratos magnánimos al visitante. Algunos nativos se recluyen en sus torreones, y siembran murallas donde nunca las hubo.
- ¿Y qué hacen los visitantes?
- También algunos cavan trincheras; el intercambio cultural es en ese caso un verdadero campo minado. Natural es que uno lleve sus costumbres en el hatillo, a su gente en el recuerdo, o el olor de su Tierra en el olfato. Ya lo dice Kavafis: Allí donde vayas, la ciudad te seguirá. El problema es que a veces esa ciudad que cargamos a cuestas se convierte en nuestra prisión. Si traspasásemos más a menudo sus fortificaciones, encontraríamos en el Otro - todos somos Otros para alguien - una parte de nosotros mismos.
- ¿Es decir que no somos tan diferentes?
Pienso en un pequeño relato que leí una vez, en el cual una nave de exploración, tras un accidentado viaje por la galaxia, desembarca en un planeta desconocido - terra incógnita -. Los tripulantes descienden cautelosos, y encuentran en lo alto de una meseta de rasgos manchegos una ciudad entera en plena efervescencia. Entran pasmados en el primer garito que encuentran, y para mayor estupor el camarero - tras interpelarlos groseramente - les sirve un pincho de tortilla y unas aceitunas.

Fotografía: L'inconnu, www.gilbert-garcin.com

sábado, 2 de agosto de 2008

Líneas de piedra y murallas discontinuas

Me pregunta la hurona que cómo hacen las personas, ahí abajo, para elegir un lugar donde asentarse, en un planeta tan inmenso. Ejem... muchos se quedan allí donde nacieron, otros prefieren cruzar fronteras. ¿Fronteras? Sí, desde aquí no se ven, porque son muy finas, pero existen; las hay terrestres, marítimas e incluso aéreas. Las hay de hormigón armado, de alambre de espino, con olas encrespadas, y también imaginarias - las más difíciles de sobrepasar -. ¿Y quién las puso ahí? ¿Para qué? Buf... ¿Por dónde empiezo? Por el principio.
"Érase una vez, en un planeta no tan lejano", y las palabras fluyen solas, como mecidas por su propia Historia: pangea y deriva continental, tribus nómadas y pueblos sedentarios, transhumancia y revolución agraria, Génesis y Éxodo, muralla y después ciudad, conquista y reconquista, geografía versus cartografía, soberana integridad e integral soberbia, Paz de Westfalia y Guerra Mundial, línea imaginaria y línea Maginot, escuadra y cartabón, Checkpoint Charlie y puente de Mostar, secesión fraternal y reunificación germánica, tierra prometida y No man's land, campo de acogida y tierra de detención, paralelo 38 y la Europa de los 27, ciudades mojón y espaldas mojadas, proyección de las maquiladoras y proyecto minuteman, asimilación cultural y cultura integracional, emigración golondrina y aves migratorias, ramo de olivo e isla Perejil.
Espera, espera, ¿Y aquí arriba donde están las fronteras? No las hay. ¿Tampoco tenemos fronteras? No, no las hay, pero puedes trazar todas cuanto se te antojen en tu cabeza; tan sólo debes imaginar una delgadísima línea discontinua, y ya habrás construido una. Eso sí, ten cuidado, porque luego deshacerla no te será tan fácil.

viernes, 1 de agosto de 2008

Sinsentidos

La hurona ha construido hoy su primera oración subordinada relativa. Llevaba semanas expresándose con monosílabos, frases cortas sin pies ni cabeza, algún que otro taco y muchos sonidos ininteligibles. Laika y yo ya casi nos habíamos acostumbrado a escuchar pacientemente toda aquella retahíla de vocablos extraños, que soltaba cada dos por tres sin motivo aparente. Es extraño convivir con una interlocutora de este tipo, porque a la pregunta: ¿quieres más soufflé de espinacas? podía responderte con actitud arrogante: "My taylor is rich". Y ahí nos mirábamos de reojo la gata y yo sin saber muy bien qué contestarle a eso. Siempre nos pillaba. Así que un día, cuando la hurona se nos acercó y nos dijo: "el durazno me chifla, tía!", Laika le espetó: "Puede, pero me da tremenda pereza cumplimentar el impreso de declaración de la renta". Y se quedaron las dos tan anchas. Y yo pensé que si la cosa iba en serio, pronto me iba a encontrar más sólo que un guardia de faro, así que decidí sumarme al experimento. Empezamos por lo tanto a comunicarnos los tres a base de sinsentidos, y debo decir que fue probablemente el período en el que mantuvimos las conversaciones más fructíferas.
La riqueza de los signos es tal, que las palabras a menudo sólo empobrecen el lenguaje. A quién no haya leído la fantástica quintología de Jean Marie Auel "Los hijos de la Tierra", le recomiendo que se dé un primer chapuzón con el tomo inicial. El clan del oso cavernario, que no es otro que la tribu de neandertales que acoge a la protagonista de la saga, no sólo demuestra más humanidad que la pandilla de homo-sapiens que pulula a sus anchas por el planeta Tierra - dicen que por eso se extinguieron los Otros: sobredosis de humanidad, pero ese es otro tema - sino que encima se las apañan con signos y algún que otro sonido gutural para consumar los chismorreos del té de las cinco.
Digo yo que nos ahorraríamos interminables charlas familiares, tediosos discursos vacíos, y hasta las conversaciones climáticas del ascensor; bastaría con girar la mirada para desconectar totalmente de nuestro intermediario. ¿Y la radio? ¿Cómo funcionaría? Pues sencillamente con una programación exclusivamente musical, sin interrupciones ni anuncios de El Corte Inglés.
Ya fantaseaba con recrear un mundo así en la estación, más acorde con el estilo de vida de los monjes cartujos, y hasta había empezado a ensayar en secreto algunas curiosas expresiones faciales, buscándoles posibles significados. Pero precisamente eligió la hurona ese momento para hacer añicos mis ensoñaciones, pronunciando de sopetón la oración fatal: "A ver cuando me elegís un nombre de una vez, que llevo esperándolo semanas y vosotros como si nada, carajo!".
Y así fue como volvimos de nuevo a la cordura, a los significantes con significado y a las construcciones semánticas coherentes. A la Razón, vaya; a aquella que nuestros locos dejaron atrás por un mundo mejor.

sábado, 26 de julio de 2008

Delenda est Carthago

A veces me pregunto, mientras engullo mis cornflakes matutinos acodado a la ventana de la sala 3, cómo deben verse las catástrofes naturales desde la pecera donde me encuentro. Asistir desde aquí a uno de esos despertares de nuestro aletargado planeta debe ser sin duda un espectáculo fascinante.
Extasiarse ante la destrucción es una de nuestras características más freudianas, y me recuerda el placer perverso con el que, de más pequeños, demolemos hasta los cimientos los castillos que tanto nos ha costado edificar. Visto desde el punto de vista de las pulsiones primarias, sería por lo tanto comprensible (y esperable), que expresase gozo ante un nuevo episodio del hundimiento de la Atlántida II, la erupción de Nueva Pompeya, o ya puestos, el saqueo de Troya Bis, la repetición a cámara lenta de la caída de Little Boy sobre Hiroshima, o el desmoronamiento de las Torres Gemelas - segunda parte -.
Por el sufrimiento colateral que conlleva la destrucción no hay que preocuparse, porque nada confunde tanto la realidad con la ficción como una buena pantalla de por medio. Si el coronel Paul Tibbets pudo contemplar fascinado la pre-parte del Armagedón por la frágil ventanilla trasera del Enola Gay, - como un niño embobado ante la inundación de un hormiguero -, me excita pensar en todo cuanto sería yo capaz de disfrutar, tras el sólido ventanal de plexigas que me separa de la realidad exterior. A Nerón le debió costar más, porque las cortinas de palacio no tapan lo que tapa una pantalla de plasma de 50 pulgadas.
Martha Rosler, que en esto del Arte es una eminencia, dice que la fotografía sociodocumental nos sirve para reafirmarnos en nuestra opulencia, y sentirnos más a gusto con lo que tenemos. También ésto debe ser fruto del poderoso efecto vidrio: capaz de separar al espectador de guerras, epidemias, hambrunas y demás ocurrencias africanas, en las impolutas y silenciosas salas de exposición.
Tras días de completo autismo, Laika se ha levantado hoy del sofá rojo en el que estaba apoltronada, y después de estirarse perezosamente ha soltado tres palabras al aire antes de volver a su madriguera. Ahora, buscándolas en Wikipedia, esos vocablos incomprehensibles cobran vida, lo que quiere decir que unen conceptos: Delenda est Carthago. Catón se obsesionó con ello, coqueteó con la idea día y noche como un hermoso sueño al que no se quiere dar fin, hasta que la ficción acabó por convertirse en realidad. Qué asombrosa visión debió ser la demolición de esa ciudad, de la que no quedó piedra sobre piedra. Los pastores que tuvieron la suerte de pasar por ahí en tal indicado momento debieron observar atónitos el espectáculo desde las faldas de la colina más cercana, donde probablemente se sentarían a hincharse a granos de maíz tostado, para hacer más amena la velada. ¿Y cómo culparles? Ellos tampoco debían estar muy seguros de si se trataba de realidad o ficción.

lunes, 21 de julio de 2008

Lunes, otra vez

Apenas llevo cinco días en la estación, y ya hecho de menos algunas pequeñas costumbres sociales. Hablar con alguien no, porque la hurona está aprendiendo a comunicar y no calla, y porque para superar mejor el aislamiento decidí descargarme Skype (gran invento éste que te permite salir a ver mundo sin moverte de la cama). Me refiero más bien a pequeños ritos cotidianos, como cocinar, vaporizar las plantas, barrer, escuchar a lo lejos el sonido metálico del butanero, y sobre todo los olores. Aquí no huele a nada. A vacío quizás, a paneles metálicos y fibra de vidrio, pero mi olfato, acostumbrado a la embriagadora mezcla de fragancias de Poblenou, está ahora desorientado. La hurona de hecho parece haberlo sentido más que yo, porque ya sólo me huele a mí y a la gata, y va deambulando por la estación chocando con todo lo que se encuentra. Laika tampoco parece adaptarse del todo a la nueva situación; de hecho me da la impresión que lleva días rumiando algo en secreto.
Aunque aquí los días no tengan el mismo significado que 40 km más abajo (allí lo administran todo: la vida y la muerte, el trabajo y el ocio, los placeres y las penas), el reloj atómico del modulo 3 marca las 16h17m24s de Greenwich, y especifica que hoy es lunes 21 de julio, como si aquí esos datos tuviesen alguna relevancia. Si me acerco al gran ventanal que recorre la sala, puedo apreciar a los miles de millones de pequeñísimas hormigas humanas que se afanan en ir a trabajar. Todo cobra vida en las tres cuartas partes de este gran hormiguero. Hoy lunes reabren las fábricas, se reactiva la bolsa, se reanudan las guerras. Pero en la estación un lunes no se diferencia de un martes, ni las horas son horas, y sorprende ver que debajo de mis pies, al compás de mi reloj de pared, todo transcurre en perfecta sincronía.
Le comento esto último a Laika y me señala - siempre tan escueta con las palabras - la tapa de una película de Kusturica; tiene razón, el espectáculo que se ve por la ventana parece más bien un teatro de títeres y autómatas bailando al son acelerado de un trombón. Un espectáculo sisifiano, pero hermoso como ninguno, precisamente debido a su absurdidad.
El reloj marca la hora de cenar, no sé si hacerle caso o librarme de su batuta. Al final opto por obedecerle, como uno de esos pequeños actos absurdos que nos estructuran el día, uno de esos pequeños ritos cotidianos, o uno de los lunes que ordenan nuestro pequeño mundo.

viernes, 18 de julio de 2008

Cajas

Me he puesto a revolver cajas (para qué habré traído yo tanta cosa...), y como de costumbre es una tarea más lenta y entretenida que la que podría parecer a primera vista. Todos los recuerdos apilados los unos sobre los otros, como un concentrado de emociones encajadas a lo tetris. Siempre me ha fascinado esto de abrir la caja perdida, aquella que dejaste aparcada un buen día para empezar desde cero, pero que en el momento más imprevisto Flash! aparece, y te trastoca temporalmente el día. Cada elemento contenido en susodicha caja es la expresión simbólica de un momento, de una etapa, o de una persona. Y cada uno despierta, al estilo cucharilla de Proust, un viaje al pasado de consecuencias imprevisibles. ¿No es eso mágico?
A mí personalmente lo que más me conmueve es encontrar libros que en su momento me marcaron, pero que ya había almacenado en el trastero de objetos perdidos de mi memoria. Hubieron muchos, y cada uno me moduló a su manera, a Enid Blyton le debo mis vacaciones de verano, a Michael Ende una larga noche en vela, a Verne mis viajes (desde luego, no he vuelto a viajar tan lejos), a Dumas el bochorno que pasé el día que salté - modo resorte - en clase de Historia, en defensa de Charles I de Inglaterra, como si acabasen de insultar a un pariente mío.
También al gran Tolkien, por supuesto, aunque no lo descubrí hasta más en adelante, le debo un verano entero en Tierra Media; recuerdo estar tumbado al borde del agua, y que se acercasen hasta mí todas las criaturas imaginables y por imaginar, como si estuviese dotado por momentos de un increíble poder de convocación.
Pero toda esta perorata viene a cuento porque he encontrado, entre mis viejos trastos, un pequeño relato escrito por un tal Mario R. Rubio, es decir yo, pero mucho antes de ser yo mismo. Está escrito con letra tímida, como si avanzase a trompicones, y narra la Historia de un niño que viaja al espacio, acompañado de un extraño séquito: una hurona ansiosa por descubrir el mundo, y una gata sabia y un poco malhumorada. Y ambas le dan al niño aquello que más necesita: voluntad e intrepidez por un lado, y paciencia y razón por el otro. Un equilibrio difícil de hallar, pero necesario para alcanzar sus sueños (explorar el espacio exterior).
Los cuentos de niños deberían cumplirse todos al menos una vez, por norma, para hacer este mundo mucho más fácil y ameno. A veces, los problemas más complicados tienen una solución a la vuelta de la esquina, sólo hace falta la voluntad firme de doblarla.
Cierro la caja y con ello se evaporan al instante mis recuerdos; de nuevo aterrizo en plancha sobre la dura superficie de la realidad. Vuelvo a ser yo, aquí arriba, Laika me maulla porque tiene hambre; y por el ventanuco, ¡qué espectáculo!

jueves, 17 de julio de 2008

La llegada

Llegué hace apenas una horas, y lo primero que hice fue lanzarme ávido a escrutar el horizonte desde los pequeños ojos de buey del módulo de atraque. La sensación... supongo que la misma que la de alguien que se agarró a la última roca del Everest sin saber que era la última, y de repente se encuentra ¡el mundo que se extiende ante él hasta donde le alcanza la vista! La mente se paraliza en esos momentos: tan sólo contemplación. La felicidad debe ser eso, la capacidad de extasiarse ante el poder de la Naturaleza; o quizás es tan sólo un sucedáneo de felicidad, una droga intensa, quién sabe; pero el caso es que uno se siente vivo de verdad. Si no somos más que una unión de pequeñas partículas vivas, en ese momento, cada pelo, cada poro, cada célula, se heriza, se abre, se extremece; y todas ellas gritan al unísono. Y a mí me invade la necesidad de gritar al infinito, como si pudiese abrazar el universo con la punta de mis dedos.
Todo el mundo merece haber experimentado esta sensación por lo menos una vez en la vida. No hace falta haber realizado grandes hazañas para poder decir que uno ha Vivido, pero sí es necesario haber sentido grandes cosas. Qué necesite cada uno para sentirlas es ya cosa suya. A mí me basta con observar un cielo estrellado, para otros no es tan fácil.
Sea como sea aquí estoy, con mi mac negra y tecleando como un loco, intentando transmitir lo intransmitible. No esperaba encontrar una conexión tan buena aquí arriba, por lo visto depende de nuestra situación orbital, y parece que debemos estar cerca de algún satélite.
Desde que despegamos anoche a las 20h03 (tengo la dichosa cuenta atrás en la cabeza) del centro espacial de Kourou, en la Guyana francesa, no he tenido tiempo de sentarme a pensar ni un momento. Hablo en plural, porque me acompañan en esta aventura espacial mi hurona sin nombre (aún no le he encontrado el que le corresponde), que ahora mismo está roncando plácidamente sobre mi regazo, y mi gata Laika (sí sí, como la perra, y también como la canción de Mecano, y como el 80% de las mascotas de Europa del Este con excepción de las vacas, que suelen llamarse Svetlana (qué gran poder imaginativo el nuestro)). Estaba claro que acá arriba, en los largos períodos que pase desconectado del mundo, me iba a aburrir más que una ostra en Navidad, así que decidí traerme primero a mi gata, Laika, y luego alguien me dijo que si iba a dejar a la hurona, y la miré ahí en el sillón, hecha un ovillo, y dije: nono, la hurona se viene conmigo.
El problema fue que volaba de Barcelona a Londres y de ahí a Sao Paolo (solo ví el aeropuerto), y luego vuelo a Georgetown (capital de la Guyana inglesa), y de nuevo un avión a Cayenne, y ya sólo me quedaban por recorrer los últimos 60 km en un autobús destartalado. Y con todo ese tute, llegué a la base de Kourou con una gata ciclotímica y una hurona asalvajada. Y ahí me miraron todos los técnicos e ingenieros con cara compasiva, como diciendo "al freakie éste no sabe lo que le espera".
Pero aquí estoy, superando una vez más las leyes de la normalidad (válgame Dios), y a unos 40 km de la Tierra (dicho así no parece tanto, media horita en moto más o menos, solo que en línea ascendente). ¿Y mi misión? Ninguna en especial, observaros, queridos terrícolas, y leer, escribir, pintar (esto último se me da más bien fatal), y todo aquello que me venga en gana, para pasar lo más plácidamente posible los doce meses que estoy confinado en esta hermosa jaula espacial.



* El barco "La Elvira" llega cargado de españoles al puerto de Garopano, Venezuela, mayo 1949