A veces me pregunto, mientras engullo mis cornflakes matutinos acodado a la ventana de la sala 3, cómo deben verse las catástrofes naturales desde la pecera donde me encuentro. Asistir desde aquí a uno de esos despertares de nuestro aletargado planeta debe ser sin duda un espectáculo fascinante.Extasiarse ante la destrucción es una de nuestras características más freudianas, y me recuerda el placer perverso con el que, de más pequeños, demolemos hasta los cimientos los castillos que tanto nos ha costado edificar. Visto desde el punto de vista de las pulsiones primarias, sería por lo tanto comprensible (y esperable), que expresase gozo ante un nuevo episodio del hundimiento de la Atlántida II, la erupción de Nueva Pompeya, o ya puestos, el saqueo de Troya Bis, la repetición a cámara lenta de la caída de Little Boy sobre Hiroshima, o el desmoronamiento de las Torres Gemelas - segunda parte -.
Por el sufrimiento colateral que conlleva la destrucción no hay que preocuparse, porque nada confunde tanto la realidad con la ficción como una buena pantalla de por medio. Si el coronel Paul Tibbets pudo contemplar fascinado la pre-parte del Armagedón por la frágil ventanilla trasera del Enola Gay, - como un niño embobado ante la inundación de un hormiguero -, me excita pensar en todo cuanto sería yo capaz de disfrutar, tras el sólido ventanal de plexigas que me separa de la realidad exterior. A Nerón le debió costar más, porque las cortinas de palacio no tapan lo que tapa una pantalla de plasma de 50 pulgadas.
Martha Rosler, que en esto del Arte es una eminencia, dice que la fotografía sociodocumental nos sirve para reafirmarnos en nuestra opulencia, y sentirnos más a gusto con lo que tenemos. También ésto debe ser fruto del poderoso efecto vidrio: capaz de separar al espectador de guerras, epidemias, hambrunas y demás ocurrencias africanas, en las impolutas y silenciosas salas de exposición.
Tras días de completo autismo, Laika se ha levantado hoy del sofá rojo en el que estaba apoltronada, y después de estirarse perezosamente ha soltado tres palabras al aire antes de volver a su madriguera. Ahora, buscándolas en Wikipedia, esos vocablos incomprehensibles cobran vida, lo que quiere decir que unen conceptos: Delenda est Carthago. Catón se obsesionó con ello, coqueteó con la idea día y noche como un hermoso sueño al que no se quiere dar fin, hasta que la ficción acabó por convertirse en realidad. Qué asombrosa visión debió ser la demolición de esa ciudad, de la que no quedó piedra sobre piedra. Los pastores que tuvieron la suerte de pasar por ahí en tal indicado momento debieron observar atónitos el espectáculo desde las faldas de la colina más cercana, donde probablemente se sentarían a hincharse a granos de maíz tostado, para hacer más amena la velada. ¿Y cómo culparles? Ellos tampoco debían estar muy seguros de si se trataba de realidad o ficción.
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