jueves, 17 de julio de 2008

La llegada

Llegué hace apenas una horas, y lo primero que hice fue lanzarme ávido a escrutar el horizonte desde los pequeños ojos de buey del módulo de atraque. La sensación... supongo que la misma que la de alguien que se agarró a la última roca del Everest sin saber que era la última, y de repente se encuentra ¡el mundo que se extiende ante él hasta donde le alcanza la vista! La mente se paraliza en esos momentos: tan sólo contemplación. La felicidad debe ser eso, la capacidad de extasiarse ante el poder de la Naturaleza; o quizás es tan sólo un sucedáneo de felicidad, una droga intensa, quién sabe; pero el caso es que uno se siente vivo de verdad. Si no somos más que una unión de pequeñas partículas vivas, en ese momento, cada pelo, cada poro, cada célula, se heriza, se abre, se extremece; y todas ellas gritan al unísono. Y a mí me invade la necesidad de gritar al infinito, como si pudiese abrazar el universo con la punta de mis dedos.
Todo el mundo merece haber experimentado esta sensación por lo menos una vez en la vida. No hace falta haber realizado grandes hazañas para poder decir que uno ha Vivido, pero sí es necesario haber sentido grandes cosas. Qué necesite cada uno para sentirlas es ya cosa suya. A mí me basta con observar un cielo estrellado, para otros no es tan fácil.
Sea como sea aquí estoy, con mi mac negra y tecleando como un loco, intentando transmitir lo intransmitible. No esperaba encontrar una conexión tan buena aquí arriba, por lo visto depende de nuestra situación orbital, y parece que debemos estar cerca de algún satélite.
Desde que despegamos anoche a las 20h03 (tengo la dichosa cuenta atrás en la cabeza) del centro espacial de Kourou, en la Guyana francesa, no he tenido tiempo de sentarme a pensar ni un momento. Hablo en plural, porque me acompañan en esta aventura espacial mi hurona sin nombre (aún no le he encontrado el que le corresponde), que ahora mismo está roncando plácidamente sobre mi regazo, y mi gata Laika (sí sí, como la perra, y también como la canción de Mecano, y como el 80% de las mascotas de Europa del Este con excepción de las vacas, que suelen llamarse Svetlana (qué gran poder imaginativo el nuestro)). Estaba claro que acá arriba, en los largos períodos que pase desconectado del mundo, me iba a aburrir más que una ostra en Navidad, así que decidí traerme primero a mi gata, Laika, y luego alguien me dijo que si iba a dejar a la hurona, y la miré ahí en el sillón, hecha un ovillo, y dije: nono, la hurona se viene conmigo.
El problema fue que volaba de Barcelona a Londres y de ahí a Sao Paolo (solo ví el aeropuerto), y luego vuelo a Georgetown (capital de la Guyana inglesa), y de nuevo un avión a Cayenne, y ya sólo me quedaban por recorrer los últimos 60 km en un autobús destartalado. Y con todo ese tute, llegué a la base de Kourou con una gata ciclotímica y una hurona asalvajada. Y ahí me miraron todos los técnicos e ingenieros con cara compasiva, como diciendo "al freakie éste no sabe lo que le espera".
Pero aquí estoy, superando una vez más las leyes de la normalidad (válgame Dios), y a unos 40 km de la Tierra (dicho así no parece tanto, media horita en moto más o menos, solo que en línea ascendente). ¿Y mi misión? Ninguna en especial, observaros, queridos terrícolas, y leer, escribir, pintar (esto último se me da más bien fatal), y todo aquello que me venga en gana, para pasar lo más plácidamente posible los doce meses que estoy confinado en esta hermosa jaula espacial.



* El barco "La Elvira" llega cargado de españoles al puerto de Garopano, Venezuela, mayo 1949

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