lunes, 21 de julio de 2008

Lunes, otra vez

Apenas llevo cinco días en la estación, y ya hecho de menos algunas pequeñas costumbres sociales. Hablar con alguien no, porque la hurona está aprendiendo a comunicar y no calla, y porque para superar mejor el aislamiento decidí descargarme Skype (gran invento éste que te permite salir a ver mundo sin moverte de la cama). Me refiero más bien a pequeños ritos cotidianos, como cocinar, vaporizar las plantas, barrer, escuchar a lo lejos el sonido metálico del butanero, y sobre todo los olores. Aquí no huele a nada. A vacío quizás, a paneles metálicos y fibra de vidrio, pero mi olfato, acostumbrado a la embriagadora mezcla de fragancias de Poblenou, está ahora desorientado. La hurona de hecho parece haberlo sentido más que yo, porque ya sólo me huele a mí y a la gata, y va deambulando por la estación chocando con todo lo que se encuentra. Laika tampoco parece adaptarse del todo a la nueva situación; de hecho me da la impresión que lleva días rumiando algo en secreto.
Aunque aquí los días no tengan el mismo significado que 40 km más abajo (allí lo administran todo: la vida y la muerte, el trabajo y el ocio, los placeres y las penas), el reloj atómico del modulo 3 marca las 16h17m24s de Greenwich, y especifica que hoy es lunes 21 de julio, como si aquí esos datos tuviesen alguna relevancia. Si me acerco al gran ventanal que recorre la sala, puedo apreciar a los miles de millones de pequeñísimas hormigas humanas que se afanan en ir a trabajar. Todo cobra vida en las tres cuartas partes de este gran hormiguero. Hoy lunes reabren las fábricas, se reactiva la bolsa, se reanudan las guerras. Pero en la estación un lunes no se diferencia de un martes, ni las horas son horas, y sorprende ver que debajo de mis pies, al compás de mi reloj de pared, todo transcurre en perfecta sincronía.
Le comento esto último a Laika y me señala - siempre tan escueta con las palabras - la tapa de una película de Kusturica; tiene razón, el espectáculo que se ve por la ventana parece más bien un teatro de títeres y autómatas bailando al son acelerado de un trombón. Un espectáculo sisifiano, pero hermoso como ninguno, precisamente debido a su absurdidad.
El reloj marca la hora de cenar, no sé si hacerle caso o librarme de su batuta. Al final opto por obedecerle, como uno de esos pequeños actos absurdos que nos estructuran el día, uno de esos pequeños ritos cotidianos, o uno de los lunes que ordenan nuestro pequeño mundo.

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