viernes 18 de julio de 2008

Cajas

Me he puesto a revolver cajas (para qué habré traído yo tanta cosa...), y como de costumbre es una tarea más lenta y entretenida que la que podría parecer a primera vista. Todos los recuerdos apilados los unos sobre los otros, como un concentrado de emociones encajadas a lo tetris. Siempre me ha fascinado esto de abrir la caja perdida, aquella que dejaste aparcada un buen día para empezar desde cero, pero que en el momento más imprevisto Flash! aparece, y te trastoca temporalmente el día. Cada elemento contenido en susodicha caja es la expresión simbólica de un momento, de una etapa, o de una persona. Y cada uno despierta, al estilo cucharilla de Proust, un viaje al pasado de consecuencias imprevisibles. ¿No es eso mágico?
A mí personalmente lo que más me conmueve es encontrar libros que en su momento me marcaron, pero que ya había almacenado en el trastero de objetos perdidos de mi memoria. Hubieron muchos, y cada uno me moduló a su manera, a Enid Blyton le debo mis vacaciones de verano, a Michael Ende una larga noche en vela, a Verne mis viajes (desde luego, no he vuelto a viajar tan lejos), a Dumas el bochorno que pasé el día que salté - modo resorte - en clase de Historia, en defensa de Charles I de Inglaterra, como si acabasen de insultar a un pariente mío.
También al gran Tolkien, por supuesto, aunque no lo descubrí hasta más en adelante, le debo un verano entero en Tierra Media; recuerdo estar tumbado al borde del agua, y que se acercasen hasta mí todas las criaturas imaginables y por imaginar, como si estuviese dotado por momentos de un increíble poder de convocación.
Pero toda esta perorata viene a cuento porque he encontrado, entre mis viejos trastos, un pequeño relato escrito por un tal Mario R. Rubio, es decir yo, pero mucho antes de ser yo mismo. Está escrito con letra tímida, como si avanzase a trompicones, y narra la Historia de un niño que viaja al espacio, acompañado de un extraño séquito: una hurona ansiosa por descubrir el mundo, y una gata sabia y un poco malhumorada. Y ambas le dan al niño aquello que más necesita: voluntad e intrepidez por un lado, y paciencia y razón por el otro. Un equilibrio difícil de hallar, pero necesario para alcanzar sus sueños (explorar el espacio exterior).
Los cuentos de niños deberían cumplirse todos al menos una vez, por norma, para hacer este mundo mucho más fácil y ameno. A veces, los problemas más complicados tienen una solución a la vuelta de la esquina, sólo hace falta la voluntad firme de doblarla.
Cierro la caja y con ello se evaporan al instante mis recuerdos; de nuevo aterrizo en plancha sobre la dura superficie de la realidad. Vuelvo a ser yo, aquí arriba, Laika me maulla porque tiene hambre; y por el ventanuco, ¡qué espectáculo!