Nikita nos ha desvelado hoy sus planes de futuro: quiere ser antropóloga. Laika ha soltado una sonora carcajada, desde lo alto del taburete de la cocina, que ha irritado profundamente a la hurona.- !Guanaca sedentaria! Mejor eso que pasarme la vida apolonada en el sofá.
- Apoltronada.
- ¡Basta ya! he terciado para evitar llegar a mayores.
Le he explicado a la hurona que muchos recorren el mundo sin moverse de casa (pienso en Novecento, que exploró las ciudades más recónditas sin bajarse del Virginian; a través del relato). Otros muchos en cambio, por más que se desplacen no llegan a salir de su caparazón.
- ¿No quieren?
- Hum, el encuentro con el Otro requiere una fuerte voluntad por las dos partes, y ésta no siempre se da.
- ¿Por qué no?
- No siempre fue así; en los tiempos de Ulises, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comportarse como personas, nunca se sabía si era dios o humano el viajero que se acercaba. Sostiene el poeta Norwid, que fue esta inseguridad la fuente de hospitalidad durante siglos. Ahora que nuestros dioses han perdido tales facultades, se acabaron los tratos magnánimos al visitante. Algunos nativos se recluyen en sus torreones, y siembran murallas donde nunca las hubo.
- ¿Y qué hacen los visitantes?
- También algunos cavan trincheras; el intercambio cultural es en ese caso un verdadero campo minado. Natural es que uno lleve sus costumbres en el hatillo, a su gente en el recuerdo, o el olor de su Tierra en el olfato. Ya lo dice Kavafis: Allí donde vayas, la ciudad te seguirá. El problema es que a veces esa ciudad que cargamos a cuestas se convierte en nuestra prisión. Si traspasásemos más a menudo sus fortificaciones, encontraríamos en el Otro - todos somos Otros para alguien - una parte de nosotros mismos.
- ¿Es decir que no somos tan diferentes?
Pienso en un pequeño relato que leí una vez, en el cual una nave de exploración, tras un accidentado viaje por la galaxia, desembarca en un planeta desconocido - terra incógnita -. Los tripulantes descienden cautelosos, y encuentran en lo alto de una meseta de rasgos manchegos una ciudad entera en plena efervescencia. Entran pasmados en el primer garito que encuentran, y para mayor estupor el camarero - tras interpelarlos groseramente - les sirve un pincho de tortilla y unas aceitunas.
Fotografía: L'inconnu, www.gilbert-garcin.com
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