La hurona ha construido hoy su primera oración subordinada relativa. Llevaba semanas expresándose con monosílabos, frases cortas sin pies ni cabeza, algún que otro taco y muchos sonidos ininteligibles. Laika y yo ya casi nos habíamos acostumbrado a escuchar pacientemente toda aquella retahíla de vocablos extraños, que soltaba cada dos por tres sin motivo aparente. Es extraño convivir con una interlocutora de este tipo, porque a la pregunta: ¿quieres más soufflé de espinacas? podía responderte con actitud arrogante: "My taylor is rich". Y ahí nos mirábamos de reojo la gata y yo sin saber muy bien qué contestarle a eso. Siempre nos pillaba. Así que un día, cuando la hurona se nos acercó y nos dijo: "el durazno me chifla, tía!", Laika le espetó: "Puede, pero me da tremenda pereza cumplimentar el impreso de declaración de la renta". Y se quedaron las dos tan anchas. Y yo pensé que si la cosa iba en serio, pronto me iba a encontrar más sólo que un guardia de faro, así que decidí sumarme al experimento. Empezamos por lo tanto a comunicarnos los tres a base de sinsentidos, y debo decir que fue probablemente el período en el que mantuvimos las conversaciones más fructíferas.La riqueza de los signos es tal, que las palabras a menudo sólo empobrecen el lenguaje. A quién no haya leído la fantástica quintología de Jean Marie Auel "Los hijos de la Tierra", le recomiendo que se dé un primer chapuzón con el tomo inicial. El clan del oso cavernario, que no es otro que la tribu de neandertales que acoge a la protagonista de la saga, no sólo demuestra más humanidad que la pandilla de homo-sapiens que pulula a sus anchas por el planeta Tierra - dicen que por eso se extinguieron los Otros: sobredosis de humanidad, pero ese es otro tema - sino que encima se las apañan con signos y algún que otro sonido gutural para consumar los chismorreos del té de las cinco.
Digo yo que nos ahorraríamos interminables charlas familiares, tediosos discursos vacíos, y hasta las conversaciones climáticas del ascensor; bastaría con girar la mirada para desconectar totalmente de nuestro intermediario. ¿Y la radio? ¿Cómo funcionaría? Pues sencillamente con una programación exclusivamente musical, sin interrupciones ni anuncios de El Corte Inglés.
Ya fantaseaba con recrear un mundo así en la estación, más acorde con el estilo de vida de los monjes cartujos, y hasta había empezado a ensayar en secreto algunas curiosas expresiones faciales, buscándoles posibles significados. Pero precisamente eligió la hurona ese momento para hacer añicos mis ensoñaciones, pronunciando de sopetón la oración fatal: "A ver cuando me elegís un nombre de una vez, que llevo esperándolo semanas y vosotros como si nada, carajo!".
Y así fue como volvimos de nuevo a la cordura, a los significantes con significado y a las construcciones semánticas coherentes. A la Razón, vaya; a aquella que nuestros locos dejaron atrás por un mundo mejor.
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