Nos ha despertado hoy la hurona, exaltada como de costumbre, pero nada más entreabrir los ojos he sentido que algo extraño sucedía. La temperatura había descendido más de lo habitual. Hemos seguido a Nikita - apresuradamente, por los pasillos - hasta llegar al módulo 3, y nos hemos abalanzado contra el ventanal.La visión nos ha sobrecogido: hielo y nieve. Por doquier. Blanco esmerilado hasta donde alcanza la vista. Todos los mares y océanos cristalizados; todos los valles y cordilleras congelados. Y un terrible halo de misterio. Como si todos los volcanes se hubiesen congeniado para dejar de escupir humo y la Tierra hubiese decidido entrar en eterno descanso.
Muerte y belleza. Como si en un paseo matutino nos hubiesemos topado por sorpresa con la famosa Ofelia de Millais - yerta, pero recubierta de escarcha -. Gélida fascinación ante la hermosura inerte.
- ¿Qué ha pasado? ha inquirido Nikita con un hilo de voz.
- Estamos sobrevolando el Ártico - le ha respondido Laika escudriñando el horizonte.
- ¿Y de quién es ese Ártico?
- De nadie. Todavía.
- Pues si no es de nadie es mío, ha proclamado Nikita.
- Está bien, entonces yo me anexiono los planetas telúricos, el cinturón de Kuiper y todas las constelaciones de Ptolomeo.
A la hurona se le han iluminado los ojos:
- Yo me quedo pues con el cometa Halley, Júpiter, y... ¡el Sol!
Para cuando se hubieron cansado de nombrar asteroides y nebulosas planetarias - veinte minutos después - ya habían tomado posesión de medio universo.
Pensé en el ex-dictador y genocida Idi Amin, que en la versión extendida de su título contaba con el de Señor de todas las bestias de la Tierra y peces del Mar; y que también se otorgó, de paso, el título de máximo representante del Imperio británico y de las lluviosas tierras escocesas. Menudo gustazo debe ser apropiarse - de un plumazo -, del Imperio que tanto les costó a los ingleses forjar. Pero el mérito de todo esto radica en que hizo lo propio sin necesitad de plantar una sola bandera.
"Folclóricas y anticuadas" debía responder cuando se le preguntaba por las pomposas ceremonias de toma de posesión que tan de moda habían estado desde los tiempos de Colón, en la isla Guanahani, hasta Amstrong, en el Mar de la Tranquilidad.
Lo cierto es que tan histórico ritual - más antiguo que el de un perro marcando su territorio -, se ha quedado un poco demodé. Al ritmo que llevan todos los países plantando banderas en el Ártico, lo único que parecen conseguir ya es marear a los osos polares y confundir a las morsas, que no saben a qué corona rendir pleitesía.
Y con esto del calentamiento global, se va pareciendo todo cada vez más a una conocida obra ionesquiana. ¿Adivinan? Solo que aquí en vez de un monarca son un buen puñado los que compiten por tan preciada piel de zapa. Me los imagino aferrados a la punta del último iceberg ártico, sudorosos, empujándose por alcanzar la cima. Eso sí, las banderas se hundirán la últimas.
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