Estaba leyendo yo La insoportable levedad del ser, cuando me he topado con unas lineas subrayadas, presumiblemente por Laika. En ellas el autor discurre sobre la posesión o no, de un alma, por parte del entrañable San Bernardo de la protagonista. El autor viene a decir que con el acto de otorgar un nombre al can, se le dota irremisiblemente de una personalidad. De lo contrario, su esencia queda relegada a lo que Descartes definía como machinae animatae (máquina animada).Me ha venido enseguida a la cabeza Berta - nuestra palmerita -, con quien tanto le gusta a la hurona amenizar las tardes. No sé que pensará Kundera de esta extrapolación a los seres vegetales, pero nosotros a la planta nos la llevamos hasta de vacaciones. Por otro lado, me ha sonrojado la idea de que la hurona fuese aún una máquina animada. La observo ahora dormitar, sacudiendo frenéticamente las patas traseras: yo siempre había pensado que eran sueños freudianos que agitaban su conciencia; descubrir ahora que son actos reflejos de un cuerpo sin alma me ha estremecido.
Sobrecogido por el hallazgo, me he apresurado en comunicarle mis pensamientos a la gata, y hemos adoptado ipso facto el nombre de Nikita. ¿Porqué Nikita? Porque su mayor debilidad como mujer letal son sus sentimientos humanos. Esta capacidad suya de parpadear ante el sufrimiento ajeno, aboca al personaje a un recurrente dilema moral, que la diferencia del elenco de terminators (¿máquinas animadas?) que la rodean. Ya puestos a concederle un alma a nuestra mecánica compañera, hemos pensado que no estaba de más dotarla de humanismo, que es una característica que no cotiza muy al alza últimamente.
Hemos despertado pues a la hurona; y Laika - con una comisura en los labios -, ha pronunciado de forma solemne: te llamarás Nikita, y tu nombre te seguirá allí donde vayas, te protegerá, y dará sentido a tus sentidos.
Esperábamos que ocurriese algo; un indicio de que nuestra hurona había dejado el mundo de las máquinas animadas, y había ingresado para siempre en el nuestro, pero nada se ha producido. Lo único que hemos podido observar ha sido la beata sonrisa de Nikita, embriagada por la noticia de su flamante nombre de asesina en serie. Nos hemos mirado de reojo la gata y yo, y ésta se ha encogido de hombros: con o sin nombre, la hurona siempre había sido Nikita.
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