Poniendo orden en la estación, he confirmado la desaparición de multitud de calcetines, bufandas y demás prendas ligeras. Rastreando los rincones, he dado con la madriguera de Nikita: un armario empotrado repleto de trajes de kevlar y cascos de plexigas; y en el fondo de éste: una montaña de los ansiados complementos y un libro de Evelyn Waugh sobre la coronación de Haile Selassie. Interrogada la hurona sobre las razones de tan empecinado atesoramiento, me ha respondido de forma altiva: "me irrita el caos; hay monarcas que ordenan su reino, yo acicalo el mío".Le he tenido que explicar que éste no era su reino, sino en todo caso una república de tres, y que poner orden no consiste en esconder de la vista los elementos discordantes, sino en guardarlos minuciosamente en su lugar correspondiente. En los preparativos de su fastuosa ceremonia de coronación, Haile Selassie - último emperador de Etiopía e icono Rastafari (a partes iguales) -, mandó ocultar las casas de adobe de Addis Abeba con sábanas blancas, que es lo más parecido a camuflar una arruga con base correctora. Por supuesto, lo difícil no es barrer bajo la alfombra, sino creerse uno mismo que los problemas, por estar encubiertos, ya no existen. El problema de reinar en un país de cartón piedra es que uno pierde la capacidad de distiguir un rostro de una máscara veneciana. Me imagino que algo similar debía pensar el Generalísimo mientras enrollaba el sedal, a sabiendas de que siempre hallaría al final de la línea la trucha más grande del pantano.
Luego claro está, se encuentran los que poniéndole orden al patio se les va la mano - pienso en aquella Buendía, la que salió volando por sacudir la sábana con demasiado brío -. Y es que algunos se toman muy en serio esto del fregado del hogar; empiezan cepillando el embaldosado hasta desgastarlo, y acaban exterminando tutsis a granel sin haber notado la linea divisoria. Suelen ser recurrentes las palabras de limpieza y orden entre los grandes genocidas; no en vano el término limpieza étnica se forjó en la Gran Serbia que soñó puerilmente Milosevic.
La retórica tras la cual parapetan los tiranos sus abominables acciones no es más que otra forma de cubrir con lonas coloridas la grisácea realidad; no dejarnos seducir por la apariencia externa de la cajonera - le he explicado a Nikita - es nuestro deber como seres globalizados del nuevo milenio.
Parece que el mensaje ha calado; al día siguiente al levantarme, todos los calcetines estaban de vuelta en el cajón indicado, cuidadosamente ordenados por pares.
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