domingo, 19 de octubre de 2008

Esperando a Godot

Laika siempre cuenta que durante su breve estancia en Sarajevo como reportera de guerra, conoció una noche a Susan Sontag, que se encontraba allí dirigiendo la obra Esperando a Godot. Lo trágico de los Balcanes, es que cuando Godot se dignó en aparecer Bosnia ya era ceniza, pero eso no viene al caso. Lo que importa ahora es que en el transcurso de esa velada Laika se enamoró perdidamente de su admirada escritora, y desde entonces no ha vuelto a sentir atracción por el género masculino. Como también heredó la gata el mismo espíritu reivindicativo de la novelista, he vivido de cerca la lucha del movimiento LGTB por abrirse camino en la jungla social contemporánea.
Los verdaderos activistas de hoy en día - los de tipo congénito - parecen añorar los tiempos en los que existían Bastillas que derribar en Occidente; lo de ahora tiene menos carga de adrenalina que un paseo en barca por el lago de Disney.
Como el trayecto desde los barracones de los campos nazis hasta el Orgullo de Chueca ha sido bastante ajetreado, merece la pena mencionar que cuando acabó la guerra, parte de los supervivientes del triángulo rosa pasó a engrosar las listas carcelarias de la flamante RFA (entre 1945 y 1969 se encarcelaron a más de 60.000 personas por
conducta lasciva en el país del chucrut).
Desde entonces, el lifting facial que ha vivido Europa la ha vuelto casi irreconocible, aunque todavía se le escapa a alguno el tufo a homofobia bajo el injerto capilar. La nota de color la ponen los tres divertidos habitantes de la isla griega de Lesbos, que han acudido recientemente a los tribunales para pedir que se deje de usar el término “lesbiana” aplicado a la preferencia sexual, por inducir a terribles confusiones en la isla. Se me ocurre que quizás acabarían antes su misión herculeana rebautizando el islote, aunque quién sabe si los movimientos sáficos del planeta no adoptarían entonces la nueva denominación.
Existe un magnífico trabajo de filmoteca: el documental Celuloide Oculto, que analiza de forma transversal la homosexualidad en el cine de Hollywood a lo largo del tiempo. Rebobinando a los tiempos del blanco y negro, con sus temibles
lesbianas - Nosferatu , uno se da cuenta del inmenso paso adelante que se ha dado en Occidente. ¿Y qué pasa con el resto del planeta? Pues que muchos siguen debatiéndose aún entre la persecución descarada, y la hipocresia del Don't ask don't tell.

Azuzando el cansino e inconcluso debate entre determinismo genético e influencia cultural, no parece que vayamos a llegar a ninguna parte; de todas formas, a los apasionados del tema se les olvida recurrir a la fuente más importante: la Antropología. Lo que me gusta de esta disciplina, es que nos descubrimos a través de los Otros, como le gustaba a Kapuscinski. Cierto es que la materia está irremisiblemente impregnada de un barniz eurocentrista, pero no por ello deja de sernos útil para resolver ciertas cuestiones.
Nikita está iniciándose en el terreno con Marvin Harris, que es el clásico ineludible por excelencia, el demi-plié, la malla o el Bolshoi de la danza.
Sobrevolando fugazmente el pueblo de los Hu, en China, donde no existe la figura del padre; o los Etoro, en Papúa-Nueva Guinea, donde la homosexualidad es obligatoria y la heterosexualidad permitida solo en períodos cortos del año, uno se da cuenta de que el mundo es mucho más complejo de lo que podría parecernos. También en el cercano Brasil, por cierto, no se entiende de la misma manera que en el Viejo Continente el concepto de gay.
Pero como somos propensos a ver el mundo con anteojeras, ahí seguimos, pregonando tolerancia - del latín
tolerare: soportar, cargar - en vez de integrar la diferencia. Y mientras tanto, una parte de la Humanidad sigue esperando...

1 comentario:

anna nikolova dijo...

No tengo palabras para describir lo impresionada que me ha dejado. Aunque reconozco que tal vez esto se debe en gran parte a mi continua búsqueda de palabras en google para poder entender lo que quería expresar Usted. Este hecho también me ha disgustado ya que ha pesar de ser inmigrante llevo demasiado tiempo en este País con "P" mayúscula llamado España y pensaba humildemente que he aprendido a la perfección este idioma tan bonito como el español. Al que a los españoles tanto les encanta hablar aunque en la mayoría de los casos no tienen nada que decir. Creo que el secreto esta en lo melódico que suena ….