Si el Hombre se distingue por su pretensión - esa manía por querer opinar constantemente de todo: lo que conoce y lo que ignora, lo que le afecta y lo que le es ajeno, lo vital y lo superfluo -, de todas las pretensiones, una de las mayores debe ser atreverse a hablar de Hiroshima, porque por mucho que acertemos con las palabras, lo que dejamos de lado es mucho más. Así como al perfumista siempre se le escapará parte del aroma de los aceites esenciales, el pensador no puede condensar en ningún libro ni biblioteca todo lo que Hiroshima significa, porque su Historia es pulpa de nuestra Humanidad. De todo lo que se pudo decir sobre esa ciudad, Alain Resnais debió ser uno de los que más se acercaron, y aún así se lo dejó casi todo.La Memoria es sin embargo necesaria; allí más que en ningún otro lugar, y sólo por ello merece la pena aventurarse a sintetizar lo irreductible. En algunas tradiciones africanas, se cree que uno no muere mientras perviva en el recuerdo de los demás. Sólo cuando la última persona que nos lleva en su memoria deja de evocarnos, desaparecemos para siempre.
Pensaba hablar aquí del progreso, de Mazinger Z, el mítico robot gigante tripulado, cuyo nombre en japonés quiere decir Dios-Demonio. Curioso binomio, que podría ser un mundano oxímoron pero no lo es. Su significado oculto es revelador: el avance técnico no es bueno ni malo per se, sino que depende de las manos en las que se encuentra. Pero prefiero no seguir tirando de este hilo, no aquí ni ahora, sería desacertado.
En la reconstruida Hiroshima de hoy en día, renacida del polvo radioactivo, sólo un edificio - o lo que queda de él - atestigua lo que sucedió. Los turistas que pasean por delante con la cámara terciada nunca entenderán nada, como nadie que no lo haya vivido lo comprenderá jamás. Quizás sea esa la gran condena de la Humanidad: la imposibilidad de trasvasar las emociones de una persona a otra como hacemos con los líquidos enfrascados. Esa y el Olvido, un boquete hambriento que con el tiempo se ensancha, y que lo absorbe todo y lo sepulta.
Aún así, la conservación del "Domo Atómico" ejerce una función doble; produce melancolía - más que horror -, puesto que el insoportable peso de la bomba se ha esfumado ya, y en su lugar queda flotando la levedad de lo que ya es Pasado. Y también transmite rebeldía, ante ese alzeimer nuestro que nos atenaza. La etérea estructura de piedra sobrevive acechada por las amnésicas construcciones de acero, y es precisamente en esa soledad que cobra fuerza su mensaje.
De todos los rincones posibles, Derek Jarman - que por entonces se estaba muriendo - eligió la inhóspita y sedienta tierra de Dungeness, frente a la central nuclear, para levantar su pequeño jardín. Y justamente al escoger ese lugar y no otro, creó en el acto - y con el acto - una bella metáfora.
Una flor que se despereza entre la nieve,
Una fotografía rescatada de la ascuas,
Una bocanada de aire para el buceador atrapado,
Un destello en el vacío.
Una fotografía rescatada de la ascuas,
Una bocanada de aire para el buceador atrapado,
Un destello en el vacío.
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