sábado, 26 de julio de 2008

Delenda est Carthago

A veces me pregunto, mientras engullo mis cornflakes matutinos acodado a la ventana de la sala 3, cómo deben verse las catástrofes naturales desde la pecera donde me encuentro. Asistir desde aquí a uno de esos despertares de nuestro aletargado planeta debe ser sin duda un espectáculo fascinante.
Extasiarse ante la destrucción es una de nuestras características más freudianas, y me recuerda el placer perverso con el que, de más pequeños, demolemos hasta los cimientos los castillos que tanto nos ha costado edificar. Visto desde el punto de vista de las pulsiones primarias, sería por lo tanto comprensible (y esperable), que expresase gozo ante un nuevo episodio del hundimiento de la Atlántida II, la erupción de Nueva Pompeya, o ya puestos, el saqueo de Troya Bis, la repetición a cámara lenta de la caída de Little Boy sobre Hiroshima, o el desmoronamiento de las Torres Gemelas - segunda parte -.
Por el sufrimiento colateral que conlleva la destrucción no hay que preocuparse, porque nada confunde tanto la realidad con la ficción como una buena pantalla de por medio. Si el coronel Paul Tibbets pudo contemplar fascinado la pre-parte del Armagedón por la frágil ventanilla trasera del Enola Gay, - como un niño embobado ante la inundación de un hormiguero -, me excita pensar en todo cuanto sería yo capaz de disfrutar, tras el sólido ventanal de plexigas que me separa de la realidad exterior. A Nerón le debió costar más, porque las cortinas de palacio no tapan lo que tapa una pantalla de plasma de 50 pulgadas.
Martha Rosler, que en esto del Arte es una eminencia, dice que la fotografía sociodocumental nos sirve para reafirmarnos en nuestra opulencia, y sentirnos más a gusto con lo que tenemos. También ésto debe ser fruto del poderoso efecto vidrio: capaz de separar al espectador de guerras, epidemias, hambrunas y demás ocurrencias africanas, en las impolutas y silenciosas salas de exposición.
Tras días de completo autismo, Laika se ha levantado hoy del sofá rojo en el que estaba apoltronada, y después de estirarse perezosamente ha soltado tres palabras al aire antes de volver a su madriguera. Ahora, buscándolas en Wikipedia, esos vocablos incomprehensibles cobran vida, lo que quiere decir que unen conceptos: Delenda est Carthago. Catón se obsesionó con ello, coqueteó con la idea día y noche como un hermoso sueño al que no se quiere dar fin, hasta que la ficción acabó por convertirse en realidad. Qué asombrosa visión debió ser la demolición de esa ciudad, de la que no quedó piedra sobre piedra. Los pastores que tuvieron la suerte de pasar por ahí en tal indicado momento debieron observar atónitos el espectáculo desde las faldas de la colina más cercana, donde probablemente se sentarían a hincharse a granos de maíz tostado, para hacer más amena la velada. ¿Y cómo culparles? Ellos tampoco debían estar muy seguros de si se trataba de realidad o ficción.

lunes, 21 de julio de 2008

Lunes, otra vez

Apenas llevo cinco días en la estación, y ya hecho de menos algunas pequeñas costumbres sociales. Hablar con alguien no, porque la hurona está aprendiendo a comunicar y no calla, y porque para superar mejor el aislamiento decidí descargarme Skype (gran invento éste que te permite salir a ver mundo sin moverte de la cama). Me refiero más bien a pequeños ritos cotidianos, como cocinar, vaporizar las plantas, barrer, escuchar a lo lejos el sonido metálico del butanero, y sobre todo los olores. Aquí no huele a nada. A vacío quizás, a paneles metálicos y fibra de vidrio, pero mi olfato, acostumbrado a la embriagadora mezcla de fragancias de Poblenou, está ahora desorientado. La hurona de hecho parece haberlo sentido más que yo, porque ya sólo me huele a mí y a la gata, y va deambulando por la estación chocando con todo lo que se encuentra. Laika tampoco parece adaptarse del todo a la nueva situación; de hecho me da la impresión que lleva días rumiando algo en secreto.
Aunque aquí los días no tengan el mismo significado que 40 km más abajo (allí lo administran todo: la vida y la muerte, el trabajo y el ocio, los placeres y las penas), el reloj atómico del modulo 3 marca las 16h17m24s de Greenwich, y especifica que hoy es lunes 21 de julio, como si aquí esos datos tuviesen alguna relevancia. Si me acerco al gran ventanal que recorre la sala, puedo apreciar a los miles de millones de pequeñísimas hormigas humanas que se afanan en ir a trabajar. Todo cobra vida en las tres cuartas partes de este gran hormiguero. Hoy lunes reabren las fábricas, se reactiva la bolsa, se reanudan las guerras. Pero en la estación un lunes no se diferencia de un martes, ni las horas son horas, y sorprende ver que debajo de mis pies, al compás de mi reloj de pared, todo transcurre en perfecta sincronía.
Le comento esto último a Laika y me señala - siempre tan escueta con las palabras - la tapa de una película de Kusturica; tiene razón, el espectáculo que se ve por la ventana parece más bien un teatro de títeres y autómatas bailando al son acelerado de un trombón. Un espectáculo sisifiano, pero hermoso como ninguno, precisamente debido a su absurdidad.
El reloj marca la hora de cenar, no sé si hacerle caso o librarme de su batuta. Al final opto por obedecerle, como uno de esos pequeños actos absurdos que nos estructuran el día, uno de esos pequeños ritos cotidianos, o uno de los lunes que ordenan nuestro pequeño mundo.

viernes, 18 de julio de 2008

Cajas

Me he puesto a revolver cajas (para qué habré traído yo tanta cosa...), y como de costumbre es una tarea más lenta y entretenida que la que podría parecer a primera vista. Todos los recuerdos apilados los unos sobre los otros, como un concentrado de emociones encajadas a lo tetris. Siempre me ha fascinado esto de abrir la caja perdida, aquella que dejaste aparcada un buen día para empezar desde cero, pero que en el momento más imprevisto Flash! aparece, y te trastoca temporalmente el día. Cada elemento contenido en susodicha caja es la expresión simbólica de un momento, de una etapa, o de una persona. Y cada uno despierta, al estilo cucharilla de Proust, un viaje al pasado de consecuencias imprevisibles. ¿No es eso mágico?
A mí personalmente lo que más me conmueve es encontrar libros que en su momento me marcaron, pero que ya había almacenado en el trastero de objetos perdidos de mi memoria. Hubieron muchos, y cada uno me moduló a su manera, a Enid Blyton le debo mis vacaciones de verano, a Michael Ende una larga noche en vela, a Verne mis viajes (desde luego, no he vuelto a viajar tan lejos), a Dumas el bochorno que pasé el día que salté - modo resorte - en clase de Historia, en defensa de Charles I de Inglaterra, como si acabasen de insultar a un pariente mío.
También al gran Tolkien, por supuesto, aunque no lo descubrí hasta más en adelante, le debo un verano entero en Tierra Media; recuerdo estar tumbado al borde del agua, y que se acercasen hasta mí todas las criaturas imaginables y por imaginar, como si estuviese dotado por momentos de un increíble poder de convocación.
Pero toda esta perorata viene a cuento porque he encontrado, entre mis viejos trastos, un pequeño relato escrito por un tal Mario R. Rubio, es decir yo, pero mucho antes de ser yo mismo. Está escrito con letra tímida, como si avanzase a trompicones, y narra la Historia de un niño que viaja al espacio, acompañado de un extraño séquito: una hurona ansiosa por descubrir el mundo, y una gata sabia y un poco malhumorada. Y ambas le dan al niño aquello que más necesita: voluntad e intrepidez por un lado, y paciencia y razón por el otro. Un equilibrio difícil de hallar, pero necesario para alcanzar sus sueños (explorar el espacio exterior).
Los cuentos de niños deberían cumplirse todos al menos una vez, por norma, para hacer este mundo mucho más fácil y ameno. A veces, los problemas más complicados tienen una solución a la vuelta de la esquina, sólo hace falta la voluntad firme de doblarla.
Cierro la caja y con ello se evaporan al instante mis recuerdos; de nuevo aterrizo en plancha sobre la dura superficie de la realidad. Vuelvo a ser yo, aquí arriba, Laika me maulla porque tiene hambre; y por el ventanuco, ¡qué espectáculo!

jueves, 17 de julio de 2008

La llegada

Llegué hace apenas una horas, y lo primero que hice fue lanzarme ávido a escrutar el horizonte desde los pequeños ojos de buey del módulo de atraque. La sensación... supongo que la misma que la de alguien que se agarró a la última roca del Everest sin saber que era la última, y de repente se encuentra ¡el mundo que se extiende ante él hasta donde le alcanza la vista! La mente se paraliza en esos momentos: tan sólo contemplación. La felicidad debe ser eso, la capacidad de extasiarse ante el poder de la Naturaleza; o quizás es tan sólo un sucedáneo de felicidad, una droga intensa, quién sabe; pero el caso es que uno se siente vivo de verdad. Si no somos más que una unión de pequeñas partículas vivas, en ese momento, cada pelo, cada poro, cada célula, se heriza, se abre, se extremece; y todas ellas gritan al unísono. Y a mí me invade la necesidad de gritar al infinito, como si pudiese abrazar el universo con la punta de mis dedos.
Todo el mundo merece haber experimentado esta sensación por lo menos una vez en la vida. No hace falta haber realizado grandes hazañas para poder decir que uno ha Vivido, pero sí es necesario haber sentido grandes cosas. Qué necesite cada uno para sentirlas es ya cosa suya. A mí me basta con observar un cielo estrellado, para otros no es tan fácil.
Sea como sea aquí estoy, con mi mac negra y tecleando como un loco, intentando transmitir lo intransmitible. No esperaba encontrar una conexión tan buena aquí arriba, por lo visto depende de nuestra situación orbital, y parece que debemos estar cerca de algún satélite.
Desde que despegamos anoche a las 20h03 (tengo la dichosa cuenta atrás en la cabeza) del centro espacial de Kourou, en la Guyana francesa, no he tenido tiempo de sentarme a pensar ni un momento. Hablo en plural, porque me acompañan en esta aventura espacial mi hurona sin nombre (aún no le he encontrado el que le corresponde), que ahora mismo está roncando plácidamente sobre mi regazo, y mi gata Laika (sí sí, como la perra, y también como la canción de Mecano, y como el 80% de las mascotas de Europa del Este con excepción de las vacas, que suelen llamarse Svetlana (qué gran poder imaginativo el nuestro)). Estaba claro que acá arriba, en los largos períodos que pase desconectado del mundo, me iba a aburrir más que una ostra en Navidad, así que decidí traerme primero a mi gata, Laika, y luego alguien me dijo que si iba a dejar a la hurona, y la miré ahí en el sillón, hecha un ovillo, y dije: nono, la hurona se viene conmigo.
El problema fue que volaba de Barcelona a Londres y de ahí a Sao Paolo (solo ví el aeropuerto), y luego vuelo a Georgetown (capital de la Guyana inglesa), y de nuevo un avión a Cayenne, y ya sólo me quedaban por recorrer los últimos 60 km en un autobús destartalado. Y con todo ese tute, llegué a la base de Kourou con una gata ciclotímica y una hurona asalvajada. Y ahí me miraron todos los técnicos e ingenieros con cara compasiva, como diciendo "al freakie éste no sabe lo que le espera".
Pero aquí estoy, superando una vez más las leyes de la normalidad (válgame Dios), y a unos 40 km de la Tierra (dicho así no parece tanto, media horita en moto más o menos, solo que en línea ascendente). ¿Y mi misión? Ninguna en especial, observaros, queridos terrícolas, y leer, escribir, pintar (esto último se me da más bien fatal), y todo aquello que me venga en gana, para pasar lo más plácidamente posible los doce meses que estoy confinado en esta hermosa jaula espacial.



* El barco "La Elvira" llega cargado de españoles al puerto de Garopano, Venezuela, mayo 1949