viernes, 29 de agosto de 2008

El pincho universal

Nikita nos ha desvelado hoy sus planes de futuro: quiere ser antropóloga. Laika ha soltado una sonora carcajada, desde lo alto del taburete de la cocina, que ha irritado profundamente a la hurona.
- !Guanaca sedentaria! Mejor eso que pasarme la vida apolonada en el sofá.
- Apoltronada.
- ¡Basta ya! he terciado para evitar llegar a mayores.
Le he explicado a la hurona que muchos recorren el mundo sin moverse de casa (pienso en Novecento, que exploró las ciudades más recónditas sin bajarse del Virginian; a través del relato). Otros muchos en cambio, por más que se desplacen no llegan a salir de su caparazón.
- ¿No quieren?
- Hum, el encuentro con el Otro requiere una fuerte voluntad por las dos partes, y ésta no siempre se da.
- ¿Por qué no?
- No siempre fue así; en los tiempos de Ulises, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comportarse como personas, nunca se sabía si era dios o humano el viajero que se acercaba. Sostiene el poeta Norwid, que fue esta inseguridad la fuente de hospitalidad durante siglos. Ahora que nuestros dioses han perdido tales facultades, se acabaron los tratos magnánimos al visitante. Algunos nativos se recluyen en sus torreones, y siembran murallas donde nunca las hubo.
- ¿Y qué hacen los visitantes?
- También algunos cavan trincheras; el intercambio cultural es en ese caso un verdadero campo minado. Natural es que uno lleve sus costumbres en el hatillo, a su gente en el recuerdo, o el olor de su Tierra en el olfato. Ya lo dice Kavafis: Allí donde vayas, la ciudad te seguirá. El problema es que a veces esa ciudad que cargamos a cuestas se convierte en nuestra prisión. Si traspasásemos más a menudo sus fortificaciones, encontraríamos en el Otro - todos somos Otros para alguien - una parte de nosotros mismos.
- ¿Es decir que no somos tan diferentes?
Pienso en un pequeño relato que leí una vez, en el cual una nave de exploración, tras un accidentado viaje por la galaxia, desembarca en un planeta desconocido - terra incógnita -. Los tripulantes descienden cautelosos, y encuentran en lo alto de una meseta de rasgos manchegos una ciudad entera en plena efervescencia. Entran pasmados en el primer garito que encuentran, y para mayor estupor el camarero - tras interpelarlos groseramente - les sirve un pincho de tortilla y unas aceitunas.

Fotografía: L'inconnu, www.gilbert-garcin.com

sábado, 2 de agosto de 2008

Líneas de piedra y murallas discontinuas

Me pregunta la hurona que cómo hacen las personas, ahí abajo, para elegir un lugar donde asentarse, en un planeta tan inmenso. Ejem... muchos se quedan allí donde nacieron, otros prefieren cruzar fronteras. ¿Fronteras? Sí, desde aquí no se ven, porque son muy finas, pero existen; las hay terrestres, marítimas e incluso aéreas. Las hay de hormigón armado, de alambre de espino, con olas encrespadas, y también imaginarias - las más difíciles de sobrepasar -. ¿Y quién las puso ahí? ¿Para qué? Buf... ¿Por dónde empiezo? Por el principio.
"Érase una vez, en un planeta no tan lejano", y las palabras fluyen solas, como mecidas por su propia Historia: pangea y deriva continental, tribus nómadas y pueblos sedentarios, transhumancia y revolución agraria, Génesis y Éxodo, muralla y después ciudad, conquista y reconquista, geografía versus cartografía, soberana integridad e integral soberbia, Paz de Westfalia y Guerra Mundial, línea imaginaria y línea Maginot, escuadra y cartabón, Checkpoint Charlie y puente de Mostar, secesión fraternal y reunificación germánica, tierra prometida y No man's land, campo de acogida y tierra de detención, paralelo 38 y la Europa de los 27, ciudades mojón y espaldas mojadas, proyección de las maquiladoras y proyecto minuteman, asimilación cultural y cultura integracional, emigración golondrina y aves migratorias, ramo de olivo e isla Perejil.
Espera, espera, ¿Y aquí arriba donde están las fronteras? No las hay. ¿Tampoco tenemos fronteras? No, no las hay, pero puedes trazar todas cuanto se te antojen en tu cabeza; tan sólo debes imaginar una delgadísima línea discontinua, y ya habrás construido una. Eso sí, ten cuidado, porque luego deshacerla no te será tan fácil.

viernes, 1 de agosto de 2008

Sinsentidos

La hurona ha construido hoy su primera oración subordinada relativa. Llevaba semanas expresándose con monosílabos, frases cortas sin pies ni cabeza, algún que otro taco y muchos sonidos ininteligibles. Laika y yo ya casi nos habíamos acostumbrado a escuchar pacientemente toda aquella retahíla de vocablos extraños, que soltaba cada dos por tres sin motivo aparente. Es extraño convivir con una interlocutora de este tipo, porque a la pregunta: ¿quieres más soufflé de espinacas? podía responderte con actitud arrogante: "My taylor is rich". Y ahí nos mirábamos de reojo la gata y yo sin saber muy bien qué contestarle a eso. Siempre nos pillaba. Así que un día, cuando la hurona se nos acercó y nos dijo: "el durazno me chifla, tía!", Laika le espetó: "Puede, pero me da tremenda pereza cumplimentar el impreso de declaración de la renta". Y se quedaron las dos tan anchas. Y yo pensé que si la cosa iba en serio, pronto me iba a encontrar más sólo que un guardia de faro, así que decidí sumarme al experimento. Empezamos por lo tanto a comunicarnos los tres a base de sinsentidos, y debo decir que fue probablemente el período en el que mantuvimos las conversaciones más fructíferas.
La riqueza de los signos es tal, que las palabras a menudo sólo empobrecen el lenguaje. A quién no haya leído la fantástica quintología de Jean Marie Auel "Los hijos de la Tierra", le recomiendo que se dé un primer chapuzón con el tomo inicial. El clan del oso cavernario, que no es otro que la tribu de neandertales que acoge a la protagonista de la saga, no sólo demuestra más humanidad que la pandilla de homo-sapiens que pulula a sus anchas por el planeta Tierra - dicen que por eso se extinguieron los Otros: sobredosis de humanidad, pero ese es otro tema - sino que encima se las apañan con signos y algún que otro sonido gutural para consumar los chismorreos del té de las cinco.
Digo yo que nos ahorraríamos interminables charlas familiares, tediosos discursos vacíos, y hasta las conversaciones climáticas del ascensor; bastaría con girar la mirada para desconectar totalmente de nuestro intermediario. ¿Y la radio? ¿Cómo funcionaría? Pues sencillamente con una programación exclusivamente musical, sin interrupciones ni anuncios de El Corte Inglés.
Ya fantaseaba con recrear un mundo así en la estación, más acorde con el estilo de vida de los monjes cartujos, y hasta había empezado a ensayar en secreto algunas curiosas expresiones faciales, buscándoles posibles significados. Pero precisamente eligió la hurona ese momento para hacer añicos mis ensoñaciones, pronunciando de sopetón la oración fatal: "A ver cuando me elegís un nombre de una vez, que llevo esperándolo semanas y vosotros como si nada, carajo!".
Y así fue como volvimos de nuevo a la cordura, a los significantes con significado y a las construcciones semánticas coherentes. A la Razón, vaya; a aquella que nuestros locos dejaron atrás por un mundo mejor.