jueves 25 de septiembre de 2008

Knock on wood

Noche tras noche después de cenar, nos acurrucamos contra el ventanal para ver como se encienden por puñados las ciudades y los pueblos. La lengua - con la que tantos malabarismos saben hacer los virtuosos - empobrece cuando se trata de describir una escena semejante.
La oscuridad tiene aquí un potente efecto revelador: nos muestra aquello que siempre está ante nuestros ojos, pero que los rayos del día no permiten apreciar. Pasa con las constelaciones, que aguardan pacientemente a que caiga el sol para guiar nuestros barcos. Y pasa también con la pobreza de media humanidad, que clama silenciosamente cuando, llegado el ocaso, se alumbra sólo el hemisferio Norte. Todo el mundo ha visto los espectaculares desplegables del National Geographic; pero en vivo y sin el maquillaje del photoshop, es difícil no distinguir entre la penumbra las letrinas del submundo.
La noche levanta el velo y nos muestra el mundo tal y como es; quizás por ello se sienta tan incómodo el hombre frente a la oscuridad. Los contrastes son tan ácidos que sólo podemos atribuír nuestra bonanza a: A. el Azar o B. la Ley natural (véase ambas a la vez). Todo lo demás exigiría una intervención inmediata; una cantimplora para aplacar la sed de justicia social que agrieta por igual los desiertos y los trópicos, los campos de arroz y las vegas de tabaco, la Pampa y la Sabana.
Se abre el telón, y aparece una ciudad rebosante de neones; entre los rascacielos, Anita Ekberg - operada hasta los juanetes-, jalea zambulléndose en una fontana cualquiera. Delante, un letrero luminoso rojo carmín que reza como la vieja canción: Knock on wood; la misma que entonaban al unísono los asíduos del Rick's Café. Se cierra el telón.
El título de la película es: No hay madera para todos; una versión de la teoría maltusiana - que es la que se estila ahora -, y con infinitas extensiones: no hay comida, no hay abrigos, no hay neones ni tampoco Anitas Ekbergs para todos. Imagino que al pobre Malthus le debieron tergiversar bastante su discurso, que es lo que suele pasar cuando a uno le da por fallecer; pero deformada o no, el problema de su conjetura es que en el país de los pobres no hay quien se la crea.
Los neones deslumbran como un potente faro de Alejandría, el más eficaz de los reclamos. Atraen como polillas a los que no tuvieron la suerte de nacer allí donde Coca Cola embotella felicidad, y las crisis se curan con prozac. Pero es bien sabido que los oasis son a menudo espejismos, y los neones, fuegos fatuos. Al viajero del Sur lo adentran en sus maresmas con la misma calculada estrategia que la de una planta carnívora con su presa. Es un tétrico espectáculo al que uno se acostumbra - preparados como estamos a digerir toda la carnaza que nos arroja la prensa -. Y es que las repetidas imágenes (¿será un dejà vu?) de esqueletos vivientes llegando a nuestras playas ya no sirven ni para vender periódicos.
Se aproximan los cayucos vapuleados por las aguas, y los deseos - que en ellos viajan apretados - se estrellan contra nuestras costas. Estallan en mil cortantes pedazos, pero sin estrépito, como en una película muda; y los peces y las estadísticas engullen todo lo que queda.

Youtube: Knock on wood

domingo 14 de septiembre de 2008

El rey se muere

Nos ha despertado hoy la hurona, exaltada como de costumbre, pero nada más entreabrir los ojos he sentido que algo extraño sucedía. La temperatura había descendido más de lo habitual. Hemos seguido a Nikita - apresuradamente, por los pasillos - hasta llegar al módulo 3, y nos hemos abalanzado contra el ventanal.
La visión nos ha sobrecogido: hielo y nieve. Por doquier. Blanco esmerilado hasta donde alcanza la vista. Todos los mares y océanos cristalizados; todos los valles y cordilleras congelados. Y un terrible halo de misterio. Como si todos los volcanes se hubiesen congeniado para dejar de escupir humo y la Tierra hubiese decidido entrar en eterno descanso.
Muerte y belleza. Como si en un paseo matutino nos hubiesemos topado por sorpresa con la famosa Ofelia de Millais - yerta, pero recubierta de escarcha -. Gélida fascinación ante la hermosura inerte.
- ¿Qué ha pasado? ha inquirido Nikita con un hilo de voz.
- Estamos sobrevolando el Ártico - le ha respondido Laika escudriñando el horizonte.
- ¿Y de quién es ese Ártico?
- De nadie. Todavía.
- Pues si no es de nadie es mío, ha proclamado Nikita.
- Está bien, entonces yo me anexiono los planetas telúricos, el cinturón de Kuiper y todas las constelaciones de Ptolomeo.
A la hurona se le han iluminado los ojos:
- Yo me quedo pues con el cometa Halley, Júpiter, y... ¡el Sol!
Para cuando se hubieron cansado de nombrar asteroides y nebulosas planetarias - veinte minutos después - ya habían tomado posesión de medio universo.
Pensé en el ex-dictador y genocida Idi Amin, que en la versión extendida de su título contaba con el de Señor de todas las bestias de la Tierra y peces del Mar; y que también se otorgó, de paso, el título de máximo representante del Imperio británico y de las lluviosas tierras escocesas. Menudo gustazo debe ser apropiarse - de un plumazo -, del Imperio que tanto les costó a los ingleses forjar. Pero el mérito de todo esto radica en que hizo lo propio sin necesitad de plantar una sola bandera.
"Folclóricas y anticuadas" debía responder cuando se le preguntaba por las pomposas ceremonias de toma de posesión que tan de moda habían estado desde los tiempos de Colón, en la isla Guanahani, hasta Amstrong, en el Mar de la Tranquilidad.
Lo cierto es que tan histórico ritual - más antiguo que el de un perro marcando su territorio -, se ha quedado un poco demodé. Al ritmo que llevan todos los países plantando banderas en el Ártico, lo único que parecen conseguir ya es marear a los osos polares y confundir a las morsas, que no saben a qué corona rendir pleitesía.
Y con esto del calentamiento global, se va pareciendo todo cada vez más a una conocida obra ionesquiana. ¿Adivinan? Solo que aquí en vez de un monarca son un buen puñado los que compiten por tan preciada piel de zapa. Me los imagino aferrados a la punta del último iceberg ártico, sudorosos, empujándose por alcanzar la cima. Eso sí, las banderas se hundirán la últimas.

viernes 5 de septiembre de 2008

Sobre la limpieza étnica y otros quehaceres

Poniendo orden en la estación, he confirmado la desaparición de multitud de calcetines, bufandas y demás prendas ligeras. Rastreando los rincones, he dado con la madriguera de Nikita: un armario empotrado repleto de trajes de kevlar y cascos de plexigas; y en el fondo de éste: una montaña de los ansiados complementos y un libro de Evelyn Waugh sobre la coronación de Haile Selassie. Interrogada la hurona sobre las razones de tan empecinado atesoramiento, me ha respondido de forma altiva: "me irrita el caos; hay monarcas que ordenan su reino, yo acicalo el mío".
Le he tenido que explicar que éste no era su reino, sino en todo caso una república de tres, y que poner orden no consiste en esconder de la vista los elementos discordantes, sino en guardarlos minuciosamente en su lugar correspondiente. En los preparativos de su fastuosa ceremonia de coronación, Haile Selassie - último emperador de Etiopía e icono Rastafari (a partes iguales) -, mandó ocultar las casas de adobe de Addis Abeba con sábanas blancas, que es lo más parecido a camuflar una arruga con base correctora. Por supuesto, lo difícil no es barrer bajo la alfombra, sino creerse uno mismo que los problemas, por estar encubiertos, ya no existen. El problema de reinar en un país de cartón piedra es que uno pierde la capacidad de distiguir un rostro de una máscara veneciana. Me imagino que algo similar debía pensar el Generalísimo mientras enrollaba el sedal, a sabiendas de que siempre hallaría al final de la línea la trucha más grande del pantano.
Luego claro está, se encuentran los que poniéndole orden al patio se les va la mano - pienso en aquella Buendía, la que salió volando por sacudir la sábana con demasiado brío -. Y es que algunos se toman muy en serio esto del fregado del hogar; empiezan cepillando el embaldosado hasta desgastarlo, y acaban exterminando tutsis a granel sin haber notado la linea divisoria. Suelen ser recurrentes las palabras de limpieza y orden entre los grandes genocidas; no en vano el término limpieza étnica se forjó en la Gran Serbia que soñó puerilmente Milosevic.
La retórica tras la cual parapetan los tiranos sus abominables acciones no es más que otra forma de cubrir con lonas coloridas la grisácea realidad; no dejarnos seducir por la apariencia externa de la cajonera - le he explicado a Nikita - es nuestro deber como seres globalizados del nuevo milenio.
Parece que el mensaje ha calado; al día siguiente al levantarme, todos los calcetines estaban de vuelta en el cajón indicado, cuidadosamente ordenados por pares.

martes 2 de septiembre de 2008

El alma de Nikita

Estaba leyendo yo La insoportable levedad del ser, cuando me he topado con unas lineas subrayadas, presumiblemente por Laika. En ellas el autor discurre sobre la posesión o no, de un alma, por parte del entrañable San Bernardo de la protagonista. El autor viene a decir que con el acto de otorgar un nombre al can, se le dota irremisiblemente de una personalidad. De lo contrario, su esencia queda relegada a lo que Descartes definía como machinae animatae (máquina animada).
Me ha venido enseguida a la cabeza Berta - nuestra palmerita -, con quien tanto le gusta a la hurona amenizar las tardes. No sé que pensará Kundera de esta extrapolación a los seres vegetales, pero nosotros a la planta nos la llevamos hasta de vacaciones. Por otro lado, me ha sonrojado la idea de que la hurona fuese aún una máquina animada. La observo ahora dormitar, sacudiendo frenéticamente las patas traseras: yo siempre había pensado que eran sueños freudianos que agitaban su conciencia; descubrir ahora que son actos reflejos de un cuerpo sin alma me ha estremecido.
Sobrecogido por el hallazgo, me he apresurado en comunicarle mis pensamientos a la gata, y hemos adoptado ipso facto el nombre de Nikita. ¿Porqué Nikita? Porque su mayor debilidad como mujer letal son sus sentimientos humanos. Esta capacidad suya de parpadear ante el sufrimiento ajeno, aboca al personaje a un recurrente dilema moral, que la diferencia del elenco de terminators (¿máquinas animadas?) que la rodean. Ya puestos a concederle un alma a nuestra mecánica compañera, hemos pensado que no estaba de más dotarla de humanismo, que es una característica que no cotiza muy al alza últimamente.
Hemos despertado pues a la hurona; y Laika - con una comisura en los labios -, ha pronunciado de forma solemne: te llamarás Nikita, y tu nombre te seguirá allí donde vayas, te protegerá, y dará sentido a tus sentidos.
Esperábamos que ocurriese algo; un indicio de que nuestra hurona había dejado el mundo de las máquinas animadas, y había ingresado para siempre en el nuestro, pero nada se ha producido. Lo único que hemos podido observar ha sido la beata sonrisa de Nikita, embriagada por la noticia de su flamante nombre de asesina en serie. Nos hemos mirado de reojo la gata y yo, y ésta se ha encogido de hombros: con o sin nombre, la hurona siempre había sido Nikita.