domingo, 9 de noviembre de 2008

Las recompensas gratas

Las sorpresas más reconfortantes suelen aparecer los días de lluvia, nunca he logrado saber por qué. Hoy ha amanecido el planeta recubierto de un espeso manto gris, como tratando de protegerse del frío en su paseo por la Galaxia. Ha sido Nikita quién - escrutando el horizonte con las dos patas delanteras apoyadas contra el gélido ventanal - ha lanzado una insólita exclamación: ¡Una mariposa blanca!
Nos hemos asomado los tres al oscuro abismo, y efectivamente ahí estaba: revoloteando tras el grueso vidrio como si viniese a decirnos algo. Se ha detenido unos segundos, observándonos sorprendida, y luego ha continuado su camino ascendente.
- ¡WAO! ¿A dónde irá? ¿Qué hace aquí en la estratósfera? ¿Habrá sido una alucinación?
No hemos dicho nada; es el problema de encontrarse con un símbolo tan potente, que no resulta creíble en nuestra realidad. Un viejo profesor de lengua nos habló una vez de aquel periodista que - adentrándose en una ciudad devastada por la guerra -, se cruzó entre las ruinas y los últimos lametones de fuego, con un caballo blanco. El reportero, que era ante todo un profesional, consideró suprimir al animal de su crónica pormenorizada por miedo a que perdiese verosimilitud. Y es que no hay peor ofensa para un corresponsal que ser tachado de fantasioso, y para colmo insípido - dada la facilidad con la que algunos (insípidos) escritores recurren a esa metáfora -.
Lo cierto es que estas fracciones de Tiempo en que la realidad penetra en el terreno de la ficción - o viceversa -, vienen a ser lo que muchos conocen como milagro. Wikipedia especifica que éstos ocurren sobretodo en los países del Sur y las sociedades pobres. Tiene mucha lógica, porque lo que este fenómeno denota es ante todo esperanza, y en los países ricos hace tiempo que ya no esperamos nada. Nosotros que vivimos con la indiferencia de las vacas - masticando alfalfa mientras pasan los trenes -, lo único que esperamos es que siga saliendo el Sol.
Ahora que la secularización de nuestras sociedades ha acabado con las apariciones virginales, y otras manifestaciones del Altísimo tan de moda a principios del siglo XX, nos queda poco espacio para el estupor. Teníamos a los OVNIS, que tanto gustaban de visitarnos en los felices 80, pero parece ser que han encontrado lugares más sugestivos en otros Sistemas Solares. Y luego están los fantasmas escoceses, recluidos en sus torreones con el síndrome de Canterville. Tal y como está el panorama, podría pasar rozándonos la legendaria Llorona - vestida de blanco y huyendo, en el andén de Cercanías -, y probablemente ni levantaríamos la cabeza. O quizás sí, para indignarnos: SHHHH!!!! ¿Por qué no se calla esa mujer?
La última oportunidad de conciliar la realidad con la ficción, nos la brindó el Nuevo Periodismo; un intento literario que pretende fundir los hechos verdaderos con la imaginación. Lo cierto es que aunque Capote fue el inseminador, la patria potestad se la llevó Tom Wolfe por ser quien abrazó y pregonó las bondades del nuevo género con la Fe del converso - ¿Será por eso que viste de blanco? -. Pero como era de esperar, al híbrido en pañales no tardaron en asaltarlo una tropa de acérrimos críticos, que no soportaron la idea de adobar las crónicas periodísticas serias con salsas y condimentos improvisados.
No nos engañemos, aquellos que tanto han luchado por sellar herméticamente ambos mundos son los mismos que suprimirían al caballo blanco del relato, dejarían escapar a la Llorona sin reconocerla, o se frotarían los ojos al encontrarse una mariposa aquí arriba en la estratósfera, donde el azul se vuelve negro. Aventurarse a dar un garbeo por las lindes difusas de la realidad tiene a menudo sus recompensas. Y es que al empeñarse en separar lo real de lo ficticio - en tamizar la leyenda para quedarse con el suceso -, lo único que conseguimos es empobrecer nuestra existencia, porque los ornamentos son casi siempre los que hacen que una historia merezca ser contada.


Ilustración: Paradójico (y Original) Escher