jueves, 4 de diciembre de 2008

La ladilla

Ha saltado a la palestra la quincuagésima polémica originada por la colisión entre Arte y Religión. Resulta curioso que lo que no pueden la Ciencia ni la Filosofía - levantar a los prelados de sus balancines - lo consigan un puñado de cuadros a los que francamente uno no le acaba de ver la trascendencia. Esta vez, el síncope no se lo han llevado los nuestros sino nuestros vecinos del Maghreb. Y la candidata al premio fatwa del año se llama Sarah Maple.
A decir verdad la noticia de Maple tiene ya un par de meses - es decir que no es noticia -, pero la saco a colación porque he encontrado entre los estantes del laboratorio un libro de Christian Salmon:
Tumba de la Ficción. Supongo que un libro es bueno cuando satisface las expectativas que genera su contraportada; si es así, habrá que decir que el libro de Salmon es excelente. El autor cree que la ficción resulta incómoda para los dogmáticos, y trata de explicar el porqué. La censura existe todavía en el mundo libre, aunque sus formas sean menos identificables que antes.
Como Sarah Maple también hace ficción a su manera, aunque no sea Literatura, se ha convertido en una molesta ladilla en las barbas de los fundamentalistas. Pero la cosa no se ciñe al mundo islámico; también Saramago y Gunter Grass - entre otros muchos - vivieron la intolerancia por atreverse a adentrarse en lo sagrado. Y es que fanáticos los hay en todas partes, y les irrita de sobremanera que les toquen las narices. Ya lo dice el undécimo mandamiento (nunca transcrito):
No serás ladilla.
Como el problema del integrismo religioso no es baladí - y menos en tiempos de expansión del islam - la solución política sería ver qué hacemos con tanto proscrito. Me aconseja Laika - la politóloga - regalarles alguna isla en el lejano Pacífico, para que puedan enviarnos desde ahí sus últimas creaciones. Esta opción
a la hebrea tendría dos grandes ventajas: ellos - todos los Rushdies del mundo - podrían trabajar sin miedo a que les rebanen el cuello; y nosotros, desde la vieja y buena Europa, recibiriamos sus obras impías con un goce acrecentado: el del adolescente que tenía la suerte de ver un pezón en los años de Marisol.
Mientras pregonamos humildemente esta idea nuestra por el mundo, nos queda el Parlamento Internacional de los Escritores, una organización creada en 1993 que ideó una red de ciudades-refugio para dar cobijo a escritores e intelectuales amenazados. Pero la respuesta a largo plazo debe venir de la sociedad, y muy especialmente de las personas creyentes, que son las que tienen la posibilidad de recuperar el terreno robado por los reaccionarios. Nada debería impedir el cuestionamiento de nuestras creencias - incluído el ateísmo - y nuestras convicciones, porque es a través de ese ejercicio que el Hombre consiguió salir de la Edad Media.
Y por favor no comparen el Arte profano con las caricaturas de Mahoma o las viñetas anti-judías de Der Strummer, porque no tiene nada que ver. La diferencia está en la intención; lo primero incita a la reflexión, mientras que lo segundo no es más que burda propaganda de guerra: combustible creado para avivar el fuego y ahondar los prejuicios de una raza o civilización sobre la otra. Claro que - me comenta Nikita - para prohibir la propaganda bélica, habría antes que prohibir la Guerra.


Cuadro: Autoretrato con el pecho de Kate Moss, Sarah Maple