martes, 6 de enero de 2009

Las penas humanas

Al ritmo que desfilan las noticias por las portadas de los diarios, cuesta enterarse de lo que realmente pasa ahí abajo. ¿Qué fue de la flamante propuesta de reformar el capitalismo, que la pareja sobona Merkel/Sarkozy pregonó a los cuatro vientos a finales de diciembre? Es una pena que la noticia se haya diluído tan rápido en la vorágine del ¡Ya!, porque quedaron interesantes dudas por esclarecer: ¿Pensaba la Bruni participar en esa nueva arquitecturación mundial? En caso afirmativo, ¿Cantaría a dúo con Ángela una nueva versión de Imagine, para promocionar la propuesta en Eurovisión? De ser así pueden contar conmigo y con dos servidores más, convencidos de que el planeta no necesita más mejoras, sino más Massieles y Salomés para distraer a los que se empecinan en vivir la realidad. Disfrutar de la función, vaya, sin preguntarse demasiado por lo que sucede entre bambalinas.
Perdimos aquí una oportunidad histórica con lo del zapatazo a Bush Jr. Me explico - y dejo una duda para la Psiquiatría - : así como alguien despierta de un largo coma tras un golpe brusco o una picadura de mosquito, ¿No cabe la posibilidad de que - de acertar el zapato -, hubiese re-renacido George en su versión alcohólica anterior? O quizá en una versión nueva, pongamos que Hare Krishna. Pero el ex-presidente resultó ser rápido de reflejos: instinto de supervivencia o Ley de Darwin.
Con tanta sobaquina informativa - que es como la cafeína, pero más adictiva - no es de extrañar que haya pasado casi desapercibido el sesenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (con Terrícola hubiese bastado). De la treintena de artículos que tiene la Declaración - todos ellos más ambiguos y escurridizos los unos que los otros -, hay uno especialmente nebuloso, y es el Artículo 3 ("Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona"). No hace falta ser muy avispado para entender una norma básica de la política: "Para alcanzar un acuerdo con otra persona situada en las antípodas ideológicas, basta ajustar las conversaciones a un marco tan genérico para que ninguno de los dos pueda estar en desacuerdo". Por eso el Artículo 3 logra lo imposible: unir a los grupos más variopintos, desde rancheros tejanos que rozan el nirvana cuando firman una ejecución hasta destacados pacifistas, pasando por algún pontífice recién convertido en patrocinador del negacionismo. Que todos estén de acuerdo con el susodicho artículo genera algunas dudas sobre su eficacidad.
Una encuesta reciente desvela que el 36% de los jóvenes españoles - jóvenes hasta los 30 - apoya la pena de muerte. Sería un buen momento para promocionar en las estanterías de la Fnac un pack Berlanga-Camus-Kieslowski y de regalo un lápiz-ventilador (para refrescarse las ideas), si no fuese por un detalle: y es que como el ser humano tiene esa extraña propensión a interpretar unos mismos datos en sentido opuesto según sus convicciones; cabe la posibilidad que después de leer Papillon, a algún cándido mozalbete se le ocurriese la formidable idea de reestablecer los trabajos forzados.
¿Cómo explicarles a nuestros vecinos de rellano que las soluciones expeditivas no suelen congeniar muy bien con el Progreso? Me recuerda que la Unión Europea quiere prohibir la haba seca y la figurita de porcelana en el roscón de reyes para evitar atragantos. Que cada uno encuentre la comparación.
Cuentan que allá por el año 1874, dimitió el tercer presidente de la República Española - Nicolás Salmerón - por negarse a firmar una sentencia de muerte; al menos eso dice su epitafio. No es que comulgue con aquello de "todo tiempo pasado fue mejor", pero lo de ahora se acerca cada vez más a la distopía; de ahí que la esperanza cotice al alza en los mercados mundiales. Y mientras tanto, Tarantino prepara su próximo baño de sangre en el que ensalza el derecho a la venganza. Ahmadineyad y Bush Jr postularon como protas de la película, pero el puesto ya estaba cogido. Lástima, porque era un taquillazo asegurado.
Feliz 2009

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