sábado, 31 de enero de 2009

La enfermedad

¡KRACKBRAM! Una fuerte sacudida nos ha arrojado a Laika y a mí al suelo, y esparcido todos los libros por la habitación. Nikita ni se ha inmutado y sigue roncando a pata tendida dentro de un calcetín. Corremos al módulo 3 por el pasillo que enlaza nuestro compartimento con el resto de la estación. Todo se ha venido abajo: estantes, lámparas, cuadros; y el gramófono gime destripado en el suelo: "I'm the cleaning lady of the broken hearts...".
"Ven" me indica Laika con el lomo arqueado y la cola herizada como un plumero. Y al asomarme por la enorme vitrina de plexigas me entra un vértigo indescriptible. ¡La Tierra tan cerca!
La realidad se revela de golpe, sin avisar, como un puñetazo en la barriga. Hemos debido caer por lo menos un par de kilómetros; puedo distinguir un transatlántico surcando el océano bajo nuestros pies. Debe ser el de Novecento, sí, ahí están las tres imponentes chimeneas; ojalá nos llegase el sonido de su piano. La estación por otro lado ha acelerado su velocidad de rotación. Recobrado el soplo lo primero es comprobar los destrozos, y lo segundo repartir las culpas:
- Es la dichosa manzana de Newton. No, es Newton. Tampoco; son los rusos, ¿Cómo nos dejamos convencer para venir aquí? No importa, lo que importa ahora es que caemos en picado.
Nos lanzamos hacia a la sala de radio; en mitad del pasillo se ha derrumbado una estantería de acero. Después de un duro forcejeo con la manilla de la puerta, que ha quedado trabada, logramos alcanzar los mandos:
- Allô allô... dietski mir dietski mir... nekoi slusha li me?
Pero a cambio solo recibimos chasquidos, los rusos nos han abandonado a nuestra suerte...
Descubrir que uno está solo, en medio de la multitud. En el barco de ahí abajo nadie notará la diferencia, Novecento seguirá tocando una y otra vez, arrancando los suspiros de las ricas pasajeras. La vida se condensa y embriaga. Puede que aún nos quede algún tiempo, atrapados en esta máquina infernal, pero el Destino ya ha fijado sus caprichos. Nada es igual a hace un momento porque la espera de una némesis lo cambia todo. Reordena las prioridades con la rapidez de un prestidigitador. Hubiese querido leer un libro de Susan Sontag que se hundirá con nosotros el día que este amasijo de tubos y hierros se precipite al fondo del océano: La enfermedad y sus metáforas. Ya no me dará tiempo; no importa, son demasiadas las cosas que uno quisiera hacer cuando se le aparece la muralla infranqueable del Tiempo que se agota.
La Tierra nos reclama, como Mephisto reclamó a Klaus María Brandauer. ¿Continuará el Mañana sin nosotros? ¡Qué pretencioso! Por supuesto que continuará. Y a medida que caemos hacia la Tierra nos elevamos un poco más en el cielo; nos separamos de todo el resto - del Todo - como un globo que se escapa de las manos de un niño, y al que una fuerza invisible arrastra hacia las estrellas.